viernes, 31 de enero de 2014

Problematización del problema: el peligro de tratarlo como una pavada





Para Apreciado Distraído

Problema: cuestión que se trata de aclarar. Proposición o dificultad de solución dudosa. Conjunto de hechos o circunstancias que dificultan la consecución de algún fin. Disgusto, preocupación.

                Un niño no tan pequeño estalla en llanto ante la pérdida de su muñeco. Alguna madre, en un atisbo de empujarlo hacia la madurez, propinará a su hijo con que esto no es grave. Obviamente, las lágrimas no cesan, la corta vida de la criatura y sus experiencias infantiles (strictu senzu) de dolor son pocas aún, por lo que el problema para él es grave. Esta situación no se abandona de grande como muchos creen y por eso llegamos a afirmar que “el otro se enoja por pavadas”. Hoy toca esclarecer la subjetividad plena en la experiencia de un problema y como comprenderse a uno mismo y al otro en estas situaciones, sin necesidad de ser alarmistas por cualquier ocurrencia.
                En este segundo párrafo iba inserto el mismo posterior al primero de la entrada anterior, (aquel que lee “Pertinente es la aclaración que, a mi parecer…”). Resultó más pertinente a la otra reflexión que a esta pero recomiendo su lectura (o, felicidad para el autor, relectura) para mayor comprensión de esta meditación.  Transcribiré de todos modos la línea clave (como gesto al lector perezoso) en referencia a la discusión objetivo vs subjetivos: “lo objetivo existe de dos maneras: uno, como relativo consenso entre varios sobre lo que debe ser (una cuestión ordenadora y también ética) y, dos, como experiencia por fuera del sujeto hablante. Esta última, quizás más confusa, refiere a que, si yo tengo un problema, lo que puede expresar un tercero al respecto de lo que le cuento es en alguna medida objetiva, por el hecho de estar fuera de mí, por más que este atravesado de su propia experiencia subjetiva, su visión hacia mí es externa, cual objeto” (como decía aquel político corrupto del listazulismo personificado por mi Maestro Mayor del texto humorístico, en referencia a la auto citación: “si me permiten, me voy a citar a mí mismo. Yo estoy presente; me autorizo”).
Alguna vez dije que a lo  largo de nuestra vida tenemos medidores de sensación, es decir, cual el alcohol, tenemos un nivel de tolerancia al dolor, al amor, al sufrimiento. Cada medidor es absolutamente subjetivo y en base a nuestra historia (me remito a la entrada sobre el dolor que lo explica también). Se debe deducir de esto sin vacilo la pluralidad de formas que puede tomar para cada uno la palabra problema. Algunos tenemos la ventaja de decir que perder cien pesos no es un verdadero motivo de preocupación mientras que para otros es una desgracia, y esto atraviesa tanto al económicamente carenciado como al privilegiado agarrado a su capital.  Mi querido Pasión Ante todo  repite incansablemente y con sabiduría: “rico no es el que más tiene sino el que menos necesita”.  Hay que entender entonces que no hay tal cosa como una escala objetiva de gradación de un problema, principalmente para la vida personal y obviando las grandes catástrofes humanas producto de nuestro maltrato a la naturaleza que se equilibra en nuestro desmedro. Se ve también en este acuerdo que el valor elevado al máximo (que yo en buena medida comparto) es el de la vida.
                Como nos reúne lo cotidiano ante todo en este ciberespacio, el punto de conflicto del concepto problema lo encontramos en nuestras relaciones afectivas. ¿Cuántas veces no hallamos comprensión frente al relato de nuestro problema, minimizado por nuestro interlocutor o, por el contrario, hallamos banal la congoja ajena por creerla meramente un reflejo de la inexperiencia? (la creencia de la madurez como camino unívoco, entrada pendiente). De esta manera pregono aquí, para el que se halla ante la última actitud descrita, un detenimiento en ese accionar. Ya proclamamos la subjetividad de la experiencia (problemática, en este caso) y no estamos pudiendo valorar de la misma manera que el perjudicado. Si a lo que apuntamos es a la comprensión, debemos entonces preguntarle al otro por qué ve tal cosa como un problema,  qué forma de percibir rodea ese problema y, evaluar cómo llegar a una solución desde esa visión. Si contamos con un amigo que dice tener problemas con su pareja, no podemos saltar inmediatamente a la sugerencia de la ruptura si nuestra perspectiva de la relación es de carácter enfermiza, pues si este la quiere, una advertencia sobre lo insano de la pareja no hace más que confundir a un abrumado ser. Podemos dar nuestra opinión ante una pregunta referida a ello, pero no podemos negarle al otro lo que efectivamente siente.
                Ahora bien, parece que me he puesto en una encrucijada no menor, pues la postura comprensiva (en concordancia con la crítica a mi relativismo) puede suponer un fomento al ahogo en el vaso de agua. Me tomo mi reparo y saldré del lado metafórico de este embrollo. En primer lugar, el disgusto del sofocamiento por agua tiene la contra cara de recordarnos el valor de la vida, lo cual es exactamente el mismo efecto del problema, que ensalza la sensación de bienestar, sentimiento que muchas veces, con nosotros mismos y con nuestros afectos, lo ignoramos por darlo por sentado. En segundo lugar, más importante que desconocer algo como problema es verlo como tal y superarlo, porque lo primero es una negación, cuya efectividad en este caso es dudosa, y lo segundo, recordando el pensar para no pensar después de la entrada anterior, nos pone en la situación haber estado frente a la desdicha y haberla sorteado con éxito, disparador de un sano reconocimiento por el esfuerzo. Llamamos vulgarmente experiencia a esto, lo cual no es un muestrario de soluciones unívocas a futuro sino una fuente de consulta ante nuevos imprevistos que nutrirá la producción de una nueva salida de un problema. Esta aclaración obedece a aquellas veces  en que confundimos experiencia con madurez a la hora de cometer el error antemencionado de ofrecer una solución al problema ajeno disfrazada de consejo sin entender el sistema de valoración del herido en cuestión.
                Vaticinando un nuevo final, veamos si valió en algo la pena este recorrido. Los problemas son otro de los tantos elementos inevitables de la vida (por suerte, diré). Su fortaleza radica en su oportunidad para conocer nuestras debilidades y superarnos y su debilidad esta en la tendencia a transformarse en nuestra cotidianeidad. Para lograr lo primero, la herramienta fundamental es la comprensión del mismo que requiere la percepción de este como tal  (lo dijimos ya, nombrar es dar entidad, existencia), ver qué dice de uno o del otro dicha complejo y a partir de ello buscar la salida del mismo que implique crecimiento. Entonces, querido lector, no le huya ni trate que los otros hagan lo mismo, tenga huevos/ovarios y hágale frente, llámelo por su nombre, no lo subestime. Así y solo así es que podrá sacar jugo de ello.

jueves, 30 de enero de 2014

Llegó la hora de hacerse cargo: la propia voluntad como motor de nuestras decisiones



Heteronomía: Condición de la voluntad que se rige por imperativos que están fuera de ella misma.
Autonomía: Condición de quien, para ciertas cosas, no depende de nadie.

Retomo exactamente donde dejé en la última línea de la entrada anterior: hacerse cargo. La responsabilidad en nuestras acciones es un elemento central para la vida, pues determinará como nos relacionamos con los demás y con el mundo. Resonaran, como es habitual, muchos ecos de otras entradas (insisto, ya que se toma la molestia de leer una entrada, querido lector, haga el esfuerzo y conecte), todo en virtud de entender lo que implica la decisión, su valor y todo lo que conlleva.
                Pertinente es la aclaración que, a mi parecer, ha atravesado buena parte de estas reflexiones, aclaración sobre un debate al seno de las ciencias sociales y nuestra forma de concebir la realidad: objetivo vs subjetivo. Para no reproducir extensos argumentos en pos de estos, diremos que lo subjetivo refiere principalmente a la experiencia única e individual de cada ser humano en todo aspecto: la opinión, los sentimientos, la forma en que se sienten, las sensaciones, etc. Lo objetivo remite primer a una oposición sujeto/objeto, es decir, lo que está por fuera del hombre. Se lo trata de lo que efectivamente es, o sea, tenemos a esa tendencia a decir “estoy siendo objetivo”. Más allá de que el uso del habla excede simplemente a la gramática, no existe tal cosa como ser objetivo porque estamos posicionados frente al mundo de determinada manera dada nuestra historia. De todos maneras, lo objetivo existe de dos maneras: uno, como relativo consenso entre varios sobre lo que debe ser (una cuestión ordenadora y también ética) y, dos, como experiencia por fuera del sujeto hablante. Esta última, quizás más confusa, refiere a que, si yo tengo un problema, lo que puede expresar un tercero al respecto de lo que le cuento es en alguna medida objetiva, por el hecho de estar fuera de mí, por más que este atravesado de su propia experiencia subjetiva, su visión hacia mí es externa, cual objeto.
Hecho este prolongado pero no ingenuo asterisco, me remito a las categorías iniciales. Bastante aludidas aunque no quizás en estos términos, ellas  no son opuestas y hasta conviven (no sin desavenencias de convivencia). Ambas palabras señalan nuestra relación con las reglas con las que vivimos, ya sea  respecto a nosotros mismos, nuestros allegados o incluso la sociedad misma. El eje central es la voluntad, es decir, nuestra facultad de dirigir nuestra conducta. Ya abogamos por el relativismo así que demás está decir que no existe la libertad absoluta: estamos habilitados de hacer muchas cosas por leyes/dogmas/normas pero no otras, que poder, podemos, pero no sin represalias (en el mejor de los casos) y nuestra voluntad será libre hasta que choque con una voluntad contraria. Si una persona quiere pasar su vida con otra que se niega, he ahí el fin de una libertad. Al vivir en sociedad, difícilmente podamos evadirnos de voluntades ajenas por lo que me cuesta explicar la existencia de una supuesta libertad absoluta.
¿Qué implican entonces la heteronomía y autonomía? La primera alude a vivir en base a imperativos no producidos por uno mismo sino por algún tipo de fuerza superior. En el terreno de la ética y moral La religión  suelen expresar este tipo de relaciones, y, en oposición, un ateo reclamara su autonomía de ese tipo de normativa. Así se entiende que los imperativos son los propios. La democracia moderna funciona a partir de ambos conceptos: por un lado está la autonomía del pueblo de elegir a sus gobernantes, pero, una vez delegado el poder y construidas las jerarquías, aparece la heteronomía de los gobernados, delegando a sus gobernantes. Las relaciones de pareja polemizan más sobre el asunto: se denomina una relación dependiente cuando uno sobre sale en su poder de decisión por el otro, pero también puede haber aspectos donde el que prevalece es uno sobre el otro y viceversa. La autonomía solo puede entenderse dada cierta fundición de la pareja en una suerte de “voluntad única” en la que ambos tienden a tirar para el mismo lado (esto es un ideal a perseguir, ante todo, no una necesaria realidad palpable, que quede claro). Sumamente interesante analizar el poder y el amor con estos  conceptos, pero no es el objetivo de esta entrada.
Ahora bien, ya se vislumbran los riesgos de ambos caminos. ¿Qué tiene la autonomía que, en desmesura, puede resultar pernicioso? El que marcha al ritmo de su propio tambor se dirige hacia la alienación, a la distancia del otro, inevitable en una sociedad. La heteronomía, por su lado, nos puede llevar a sostener a ciegas algo, en forma normativista, sin llegar a ver el posible daño que nos hace. Un ejemplo interesantísimo y que tendrá un eventual lugar en el blog es la forma en que nos referimos al a justicia. En épocas de discordia política, los diarios que no ven bien determinado fallo judicial titulan “El Juez X falló en contra…”, mas cuando el pronunciamiento es favorable, el rotulo reza “la justicia falló a favor...”. La justicia es una entidad objetivada que admite diferentes puntos de vista, y los encargados de ejecutarla son los jueces, personas formadas bajo un mismo código producto de la historia del país. Entonces hay subjetividades involucradas en ella pero que son nuestro intento de impartir justicia, no la justicia en sí. Oponemos entonces un reclamo de autonomía con respecto a la voluntad de un juez con una falsa heteronomía cuando resulta conveniente.
Entendido entonces como perversión heterónoma, ejemplos más diarios de esta heteronomía falsa que merecen este párrafo, tengo varios. Por decir uno, el alcohol (en casos no patológicos, claro). ¿Cuántas veces hemos alegado contra él por conductas inapropiadas? Hay allí un “no me hago cargo” muy claro. Mismo ocurre en la pareja al enunciar la frase “no podemos estar juntos”. Esa incapacidad es falta de voluntad, lo cual no está mal en sí, uno puede dejar de querer a alguien y está en todo su derecho, no hay por qué condenar, pero es para mí inteligente ver como prevalece una autonomía decisiva y no esa apócrifa heteronomía.  Sobreabunda en nuestras vidas estos elementos así que no dejo de destacar estos porque me resultan paradigmáticos e indiciarios para encontrar al resto.
Ahora por el lado positivo ¿cómo cohesionar estos dos términos? La autonomía es algo más que deseable a mi criterio, regirse acorde a la voluntad propia. ¿Cómo sé que me conviene más? El analizar las voluntades ajenas, ya sea lo que quiere nuestro entorno  como las reglas que rigen la sociedad, la moral, la ley, etc. que no son otra cosa que el producto de voluntades ulteriores, divinas, humanas (decisión del lector en este caso). Al relacionar estos aspectos acorde a nuestra voluntad encontraremos que hay cosas que ajustan a nuestro deseo, cosas que tomaremos como propias, o, lógicamente, elementos que no nos sientan bien, nos debilitan y convendrá evitarlos. Al fin y al cabo, nuestro máximo termómetro debe ser nuestra sensación de bienestar, lo que nos produce confianza, lo que nos da cierta noción de coherencia en todos los ámbitos de nuestra vida.
Y ya en este último párrafo sugerí mi visión sobre como jugar con estos dos conceptos por lo que éste viene a sellar este texto. La entrada sin duda no harta el debate al respecto, ambos elementos, que, como vimos, alcanza muchos grados de complejidad de nuestra realidad. El punto central, que viene de la mano de la autonomía y el hacerse cargo encubre un simple mensaje: muchas veces tomamos decisiones en nuestra vida pero tememos asumirlas, y nos escondemos bajo figuras aparentemente superiores: nuestros padres, cuando chicos, lo justo, cuando grandes, el sistema intelectual científico está basado en la cita de autoridad. No reniego de estas y otra figuras jerárquicas, pero observo que el decisor de  tal o cual camino no deja de ser uno y, en general, no hay ninguna arma simbólica en nuestra sien que nos empuje por una opción. Asumamos nuestro rol de propios artífices y entendamos que la máxima libertad que tenemos es la de accionar y responder a nuestra voluntad y ésta no debe esconderse detrás de las ajenas, sino ser consciente de ellas. Al fin y al cabo, en un mundo donde correcto e incorrecto es un terreno difuso, nuestra decisión es lo único valioso restante.  

miércoles, 29 de enero de 2014

Y juzgue, y juzgue, no deje de juzgar: sobre el inexorable prejuicio y su redención si se somete a juicio



Juicio: Opinión, parecer o dictamen.
Prejuicio: Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.

Lo digo sin tapujos: todos juzgamos. El prejuicio se inserta incisivamente en nuestra vida y nos lleva a ver al mundo de determinadas formas prefiguradas o estéreotipos. Inevitablemente formamos una opinión cerrada sobre cada persona que conocemos, al instante del encuentro y con meros segundos de contacto. Pero, y como acostumbro en estos lares, trataré de darle la pluridimensionalidad correspondiente al término para sacarlo de su yugo negativo monocorde y demostraré que el hábito no hace al monje cuando hablamos de una persona con prejuicios.
Será mejor, de todos modos, retroceder unos pasos y aproximarnos un poco más desprejuiciadamente al concepto de juicio y prejuicio (ah, las paradojas del lenguaje).  Siempre insisto con la idea de ordenar al mundo para poder entenderlo. La inteligencia, el arte, el lenguaje son todos dispositivos que sirven para ello. Los juicios claramente no se quedan atrás: al ser opiniones, pareceres o dictámenes, forman determinadas ideas sobre temas específicos, así la próxima vez que uno se halle en dicha situación, ya no le resultará  extraña. De niños nos ocurre todo el tiempo: “Mamá ¿qué es eso?”, preguntamos confundidos ante la silla; la aparición de una palabra que pueda nominarlo y así acercarnos a él resulta reconfortante. De grandes, nuestras inquietudes se vuelven complejas y requerimos formación escolar, académica, moral, religiosa, etc. lo cual nos aproxima a la realidad de muchas maneras (a la vez que nos aleja en otras). Dos frases resumen estas afirmaciones, ambas de Charles Sanders Peirce, semiólogo torturador de estudiantes. Este autor afirma que el conocimiento es como una luz que al proyectarse sobre algo desconocido lo ilumina pero produciendo nuevas sombras.
La otra cita que resulta pertinente es absolutamente efectista, digna de twitter: uno piensa para no pensar. Esa economía de caracteres resume la idea de juicio que se forma y da pie al previo, al disponible para la próxima vez, o prejuicio. Ahora, nótese como en las definiciones que inauguran la entrada se da un desfasaje interesante: entre juicio y prejuicio hay un juicio, es decir, el segundo es más que la formación previa o prexistente del primero sino que se tiñe de negatividad con esto de “en general desfavorable”. La acepción da poco lugar a la positividad del término pero asoma una pequeña hilacha para descocer ese prejuicio sobre prejuicio (tuvieron el tino de atajarse con el “generalmente” al fin y al cabo ¿no?).
El problema que se plantea es que, y aquí retrucamos la explicación de diccionario, vale diferenciar el “conocer mal” del “desconocer”. Algo que no podemos evitar al momento del acto cognitivo, tomando una persona para el caso, es descomponerlo en características: color de pelo/piel/ojos, vestimenta, maneras, vocabulario, etc. Esto no es otra cosa que el pensamiento (o la carencia del mismo) tratando de hacer inteligible algo novedoso como lo es un extraño. Tomare el recaudo de los límites de la conciencia para afirmar que generalmente todos realizamos este acto y no necesariamente en desmedro de nuestro interlocutor. ¿O no puede uno acaso tener el prejuicio de que todo ser que se le acerque, no importa el credo, raza u opinión precisa de su asistencia de alguna manera? ¿No es esto un parecer previo basado en un desconocimiento del otro? Estamos entonces en una fisura del término prejuicio, materializada en la diferencia entre lo mal comprendido y lo no comprendido. Y hablando de no saber, desconozco si hay un término apropiado para esta diferencia (sospecha del vació legal lingüístico pero debo saberme ignorante de tanto en tanto). Como sea, se ilumina así la conflictividad al seno de la palabra, tanto en su definición como en su uso en sentido común, quizás debates más atinentes a la RAE misma que a este espacio.
Ahora que entendemos que dentro de las disonancias no deja de haber acorde y armonía, volvamos a la cotidianeidad de la lengua en uso que es lo que realmente nos trae problemas a la hora de prejuzgar. Me llaman muchas señoras preocupadas al grito de: “Ay, no puedo para de prejuzgar”, cortando de sopetón (maestro Atípico Docto, buenas tardes para usted). Tenemos entonces ese problema, no podemos evitar el prejuicio, porque el mundo nos requiere siempre despiertos, atentos, detección inmediata. La diferencia que podemos hacer al respecto es no actuar sobre el mismo, advertirnos prontamente que nuestro cerebro actúa así y como tal, merece revisión.
Y habilitamos así una cara poco asociada al prejuicio: la naturalización. Prima hermana de la generalización, pareciera que no necesita mucha presentación, sin embargo es el pariente olvidado de la familia. Hemos naturalizado la naturalización misma y, con ella, muchas cosas en nuestra vida: jorandas de trabajo de ocho horas, cuatro comidas por día, escuela, estudio (nuevamente juego la carta del privilegio de mi posición). Inevitablemente naturalizamos, pues es el orden básico que precisamos para construir (remito a la segunda entrada del blog para profundizar algo más en este tema). El problema está cuando olvidamos que la naturalización es el borramiento del artificio y su artífice, dicho de otra manera, el estar en un sistema pergeñado atravesado por intereses ulteriores no necesariamente positivos o negativos para los escépticos, sino perniciosos para algunos y beneficioso para otros. Creemos que al nacer en algo no hay alternativa o, peor, es lo que debe ser y nos encontramos sosteniendo posturas por sí mismas y no por su relación con nuestro bienestar, propio y colectivo. Ahí es cuando un prejuicio se vuelve norma y no tenemos la opción de actuar opuesto a ello. Creemos que el rechazo es lo natural, no lo adquirido y optamos por un supuesto sentimiento situado silenciosamente sobre nuestros inconscientes. Notable ejemplo escatológico pero que con decoro redondeará el concepto: nuestra relación con nuestros desechos no es de asco en principio, mientras que nos repiten hasta el hartazgo que el olor  es displicente. Un día nos despertamos para entender que oler tal cosa es desagradable y olvidamos su génesis, momento en que se asienta una creencia, la de asociar lo desagradable con un aroma. No se me tome por coprófago, entiéndase lo gráfico para  explicar un proceso de naturalización y no como un camino de entrada al club de la coprofilia. La fuerza del ejemplo está en que la naturalización, como todo lo que ocurre en mis textos aparentemente, tiene neutralidad hasta que se demuestra lo contrario desde el buen pensamiento crítico.
Y volvemos al inicio: todos juzgamos. Mas ahora el recorrido nos demuestra que podemos ser más fuertes que él y no dejarnos dominar. Podemos encontrar detrás de la incomodidad (como en el dolor) razones por las cuales juzgamos como lo hacemos y evaluar de allí si efectivamente vale la pena actuar en base a ese prejuicio. Puede que lo hagamos, puede que no, pero factor fundamental, no requerimos de la asistencia de verdades absolutistas (tachame la doble) para justificar lo que no queremos validar por nuestra propia voluntad, no legitimada por años de años de naturalización acrítica sostenida por tal. En criollo, NOS HACEMOS CARGO.