jueves, 30 de enero de 2014

Llegó la hora de hacerse cargo: la propia voluntad como motor de nuestras decisiones



Heteronomía: Condición de la voluntad que se rige por imperativos que están fuera de ella misma.
Autonomía: Condición de quien, para ciertas cosas, no depende de nadie.

Retomo exactamente donde dejé en la última línea de la entrada anterior: hacerse cargo. La responsabilidad en nuestras acciones es un elemento central para la vida, pues determinará como nos relacionamos con los demás y con el mundo. Resonaran, como es habitual, muchos ecos de otras entradas (insisto, ya que se toma la molestia de leer una entrada, querido lector, haga el esfuerzo y conecte), todo en virtud de entender lo que implica la decisión, su valor y todo lo que conlleva.
                Pertinente es la aclaración que, a mi parecer, ha atravesado buena parte de estas reflexiones, aclaración sobre un debate al seno de las ciencias sociales y nuestra forma de concebir la realidad: objetivo vs subjetivo. Para no reproducir extensos argumentos en pos de estos, diremos que lo subjetivo refiere principalmente a la experiencia única e individual de cada ser humano en todo aspecto: la opinión, los sentimientos, la forma en que se sienten, las sensaciones, etc. Lo objetivo remite primer a una oposición sujeto/objeto, es decir, lo que está por fuera del hombre. Se lo trata de lo que efectivamente es, o sea, tenemos a esa tendencia a decir “estoy siendo objetivo”. Más allá de que el uso del habla excede simplemente a la gramática, no existe tal cosa como ser objetivo porque estamos posicionados frente al mundo de determinada manera dada nuestra historia. De todos maneras, lo objetivo existe de dos maneras: uno, como relativo consenso entre varios sobre lo que debe ser (una cuestión ordenadora y también ética) y, dos, como experiencia por fuera del sujeto hablante. Esta última, quizás más confusa, refiere a que, si yo tengo un problema, lo que puede expresar un tercero al respecto de lo que le cuento es en alguna medida objetiva, por el hecho de estar fuera de mí, por más que este atravesado de su propia experiencia subjetiva, su visión hacia mí es externa, cual objeto.
Hecho este prolongado pero no ingenuo asterisco, me remito a las categorías iniciales. Bastante aludidas aunque no quizás en estos términos, ellas  no son opuestas y hasta conviven (no sin desavenencias de convivencia). Ambas palabras señalan nuestra relación con las reglas con las que vivimos, ya sea  respecto a nosotros mismos, nuestros allegados o incluso la sociedad misma. El eje central es la voluntad, es decir, nuestra facultad de dirigir nuestra conducta. Ya abogamos por el relativismo así que demás está decir que no existe la libertad absoluta: estamos habilitados de hacer muchas cosas por leyes/dogmas/normas pero no otras, que poder, podemos, pero no sin represalias (en el mejor de los casos) y nuestra voluntad será libre hasta que choque con una voluntad contraria. Si una persona quiere pasar su vida con otra que se niega, he ahí el fin de una libertad. Al vivir en sociedad, difícilmente podamos evadirnos de voluntades ajenas por lo que me cuesta explicar la existencia de una supuesta libertad absoluta.
¿Qué implican entonces la heteronomía y autonomía? La primera alude a vivir en base a imperativos no producidos por uno mismo sino por algún tipo de fuerza superior. En el terreno de la ética y moral La religión  suelen expresar este tipo de relaciones, y, en oposición, un ateo reclamara su autonomía de ese tipo de normativa. Así se entiende que los imperativos son los propios. La democracia moderna funciona a partir de ambos conceptos: por un lado está la autonomía del pueblo de elegir a sus gobernantes, pero, una vez delegado el poder y construidas las jerarquías, aparece la heteronomía de los gobernados, delegando a sus gobernantes. Las relaciones de pareja polemizan más sobre el asunto: se denomina una relación dependiente cuando uno sobre sale en su poder de decisión por el otro, pero también puede haber aspectos donde el que prevalece es uno sobre el otro y viceversa. La autonomía solo puede entenderse dada cierta fundición de la pareja en una suerte de “voluntad única” en la que ambos tienden a tirar para el mismo lado (esto es un ideal a perseguir, ante todo, no una necesaria realidad palpable, que quede claro). Sumamente interesante analizar el poder y el amor con estos  conceptos, pero no es el objetivo de esta entrada.
Ahora bien, ya se vislumbran los riesgos de ambos caminos. ¿Qué tiene la autonomía que, en desmesura, puede resultar pernicioso? El que marcha al ritmo de su propio tambor se dirige hacia la alienación, a la distancia del otro, inevitable en una sociedad. La heteronomía, por su lado, nos puede llevar a sostener a ciegas algo, en forma normativista, sin llegar a ver el posible daño que nos hace. Un ejemplo interesantísimo y que tendrá un eventual lugar en el blog es la forma en que nos referimos al a justicia. En épocas de discordia política, los diarios que no ven bien determinado fallo judicial titulan “El Juez X falló en contra…”, mas cuando el pronunciamiento es favorable, el rotulo reza “la justicia falló a favor...”. La justicia es una entidad objetivada que admite diferentes puntos de vista, y los encargados de ejecutarla son los jueces, personas formadas bajo un mismo código producto de la historia del país. Entonces hay subjetividades involucradas en ella pero que son nuestro intento de impartir justicia, no la justicia en sí. Oponemos entonces un reclamo de autonomía con respecto a la voluntad de un juez con una falsa heteronomía cuando resulta conveniente.
Entendido entonces como perversión heterónoma, ejemplos más diarios de esta heteronomía falsa que merecen este párrafo, tengo varios. Por decir uno, el alcohol (en casos no patológicos, claro). ¿Cuántas veces hemos alegado contra él por conductas inapropiadas? Hay allí un “no me hago cargo” muy claro. Mismo ocurre en la pareja al enunciar la frase “no podemos estar juntos”. Esa incapacidad es falta de voluntad, lo cual no está mal en sí, uno puede dejar de querer a alguien y está en todo su derecho, no hay por qué condenar, pero es para mí inteligente ver como prevalece una autonomía decisiva y no esa apócrifa heteronomía.  Sobreabunda en nuestras vidas estos elementos así que no dejo de destacar estos porque me resultan paradigmáticos e indiciarios para encontrar al resto.
Ahora por el lado positivo ¿cómo cohesionar estos dos términos? La autonomía es algo más que deseable a mi criterio, regirse acorde a la voluntad propia. ¿Cómo sé que me conviene más? El analizar las voluntades ajenas, ya sea lo que quiere nuestro entorno  como las reglas que rigen la sociedad, la moral, la ley, etc. que no son otra cosa que el producto de voluntades ulteriores, divinas, humanas (decisión del lector en este caso). Al relacionar estos aspectos acorde a nuestra voluntad encontraremos que hay cosas que ajustan a nuestro deseo, cosas que tomaremos como propias, o, lógicamente, elementos que no nos sientan bien, nos debilitan y convendrá evitarlos. Al fin y al cabo, nuestro máximo termómetro debe ser nuestra sensación de bienestar, lo que nos produce confianza, lo que nos da cierta noción de coherencia en todos los ámbitos de nuestra vida.
Y ya en este último párrafo sugerí mi visión sobre como jugar con estos dos conceptos por lo que éste viene a sellar este texto. La entrada sin duda no harta el debate al respecto, ambos elementos, que, como vimos, alcanza muchos grados de complejidad de nuestra realidad. El punto central, que viene de la mano de la autonomía y el hacerse cargo encubre un simple mensaje: muchas veces tomamos decisiones en nuestra vida pero tememos asumirlas, y nos escondemos bajo figuras aparentemente superiores: nuestros padres, cuando chicos, lo justo, cuando grandes, el sistema intelectual científico está basado en la cita de autoridad. No reniego de estas y otra figuras jerárquicas, pero observo que el decisor de  tal o cual camino no deja de ser uno y, en general, no hay ninguna arma simbólica en nuestra sien que nos empuje por una opción. Asumamos nuestro rol de propios artífices y entendamos que la máxima libertad que tenemos es la de accionar y responder a nuestra voluntad y ésta no debe esconderse detrás de las ajenas, sino ser consciente de ellas. Al fin y al cabo, en un mundo donde correcto e incorrecto es un terreno difuso, nuestra decisión es lo único valioso restante.  

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