martes, 28 de enero de 2014

¿Somos todos inteligentes? Evaluar nuestras capacidades sin ser concesivo ni ególatra en el intento



Inteligencia:
·         Capacidad de entender o comprender.
·         Capacidad de resolver problemas.
·         Conocimiento, comprensión, acto de entender.
·         Habilidad, destreza y experiencia.

"Juan es inteligente, hace todo bien. Pedro es inteligente pero no se esfuerza. María no es tan inteligente por lo que tiene que trabajar más para conseguir lo que quiere".

                Este tipo de observaciones, licencia de nombres mediante, han rodeado mi realidad constantemente. Desde épocas escolares pueriles donde un número o letra parecían gradar nuestra sensibilidad intelectual hasta recientes experiencias universitarias donde la supuesta vanguardia educativa acaba por sucumbir a sistemas cuestionables pero cómodos como ordenamiento, el concepto de inteligencia sufre ese particular fenómeno por el cual transitan múltiples acepciones de la misma bajo la creencia de la univocidad. La psicología se dedica al debate incansablemente, construyendo y refutando teorías rectoras. La aproximación de esta entrada carece de esos debates, los cuales recomiendo airadamente, mas excluyo en pos de un abordaje un tanto más coloquial que seguro roza esas discusiones pero más desde el poco instruido que el docto.
                Me permito una digresión intelectual. Lev Vigotsky, psicólogo ruso un tanto ignorado por la academia hasta no hace mucho (al menos en los particulares tiempos de la ciencia), trabajaba mucho sobre la idea de herramientas que adquiere una persona durante su desarrollo, herramientas que le permiten la interacción cada vez más sofisticada con el mundo. El lenguaje, la memoria, la atención, la inteligencia misma (no son elementos autónomos entre sí), son unos de los tantos elementos que complejizan nuestra relación con el mundo. Ahora bien, para no perdernos en los intrincados caminos académicos y para no serle injusto al pensamiento vigotskiano, tomemos esa partícula de su trabajo (sea o no suya específicamente) y pensemos la inteligencia como una herramienta de relación con el mundo.
                Y llegamos al primer intríngulis: tenemos una realidad con la cual interactuar y una herramienta que lo posibilita, la inteligencia; pero tenemos al ejecutante de esa acción, nosotros mismos, atravesados por determinados valores, ética, filosofía. ¿No es acaso inteligente el que utiliza su famosa “viveza criolla” para  estafar a alguien? Después de todo posee una comprensión de la psiquis ajena como para conseguir su cometido. Esto no lo hago para redimir la avivada sino para demostrar que existe una lectura posicionada de la inteligencia con determinados parámetros éticos, y el punto no está en que deshacernos de ella sino comprender que no es universal.
                Demostrado que el término admite divergencia (como prácticamente cualquiera, para el caso), demos luz a otro aspecto humano: las ventajas y límites personales. En efecto, la naturaleza, la formación, la cultura, etc. nos da ciertas ventajas  pero no nos concede otras: aptitud deportiva, oído musical, capacidad de organización, etc. Podemos entender desde este punto de vista que la inteligencia es una herramienta pero que se descompone en más instrumentales que combinados nos dan la capacidad. Admitimos así la subjetividad de la inteligencia, es decir, lo injusto de fijar un parámetro único dada la diversidad en la que vivimos. No se trata de un repudio al “competitivismo”, sino de enunciar que la competencia es tal cuando se parten de las mismas capacidades. Woody Allen decía, no textualmente pero si en idea, que cuando uno debe sobrevivir, sus preocupaciones son alimentarse, abrigarse, subsistir al fin pero cuando uno tiene las necesidades básicas satisfechas (nuestro caso, francamente,  lector y dichosos somos por ello) sus preguntas transitan por el amor, la felicidad, el sentido de la vida. La inteligencia al servicio de nuestra necesidad es entonces el campo en la que se desarrolla.
                Y por último, ya insinuado en el párrafo anterior, retomamos una teoría en su momento muy popular, hoy aparentemente cuestionada pero no por ello menos útil sobre las múltiples inteligencias. Dije ya que algunas características permanecen por sobre otras. Es decir, somos más inteligentes en algunos aspectos que otros, por ejemplo, el adepto a las letras que le huye a los números por darle otra vuelta personal al asunto. Es fácil descansar en el laurel de una ventaja y pretender la inexistencia del límite. Una inteligencia particular es desde ya valiosa, pero apuntando a una integral, opino que la posibilidad de potenciarla está en dos factores fundamentales. Por un lado, el esfuerzo en compensar las falencias de nuestras “desinteligencias” (no me queda otra, debo aprender a sumar y restar pronto), pero también en buscar cómo complementar nuestra vida desde las reconocidas ventajas. Esto es, dada mi capacidad/incapacidad y mis objetivos, valerse de nuestra inteligencia para cumplir nuestras expectativas. Si yo no soy bueno con los números, será un esfuerzo inteligente aprender su manejo así como aprender a cederlo, puesto que desconocer la capacidad ajena tampoco es inteligente.
                Llega entonces el cierre, que a larga enhebra un trayecto que sigue este espacio personal de reflexión como es el blog. La inteligencia se basa en nuestra capacidad, ergo, nos obliga a conocernos y reconocernos como aptos e ineptos a la vez para determinadas cuestiones. Ese proceso introspectivo y fácil de decir pero difícil de seguir, nos lleva a otro proceso de reconocimiento del mundo en base al previo análisis. Con sesgo demás, error de menos, establecemos la relación entre nosotros y esa realidad y  de aquí se deduce nuestra capacidad de ir adecuando nuestra realidad al deseo personal. Ahí, creo yo, aparece la inteligencia. “¿Somos todos inteligentes?”, pregunté inicialmente. Claro que no, pregúnteselo usted a sí mismo y si quiere me cuenta.  ¿Puede cualquiera ser inteligente? Sin duda.

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