Inteligencia:· Capacidad de entender o comprender.· Capacidad de resolver problemas.· Conocimiento, comprensión, acto de entender.· Habilidad, destreza y experiencia.
"Juan es inteligente, hace todo bien. Pedro es inteligente pero no se esfuerza. María no es tan inteligente por lo que tiene que trabajar más para conseguir lo que quiere".
Este
tipo de observaciones, licencia de nombres mediante, han rodeado mi realidad constantemente.
Desde épocas escolares pueriles donde un número o letra parecían gradar nuestra
sensibilidad intelectual hasta recientes experiencias universitarias donde la
supuesta vanguardia educativa acaba por sucumbir a sistemas cuestionables pero
cómodos como ordenamiento, el concepto
de inteligencia sufre ese particular fenómeno por el cual transitan múltiples
acepciones de la misma bajo la creencia de la univocidad. La psicología se
dedica al debate incansablemente, construyendo y refutando teorías rectoras. La aproximación de esta entrada carece
de esos debates, los cuales recomiendo airadamente, mas excluyo en pos de un abordaje un tanto más coloquial que seguro
roza esas discusiones pero más desde el poco instruido que el docto.
Me
permito una digresión intelectual. Lev
Vigotsky, psicólogo ruso un tanto ignorado por la academia hasta no hace
mucho (al menos en los particulares tiempos de la ciencia), trabajaba mucho
sobre la idea de herramientas que adquiere una persona durante su desarrollo,
herramientas que le permiten la interacción cada vez más sofisticada con el
mundo. El lenguaje, la memoria, la atención, la inteligencia misma (no son
elementos autónomos entre sí), son unos de los tantos elementos que complejizan
nuestra relación con el mundo. Ahora bien, para no perdernos en los intrincados
caminos académicos y para no serle injusto al pensamiento vigotskiano, tomemos
esa partícula de su trabajo (sea o no suya específicamente) y pensemos la inteligencia como una
herramienta de relación con el mundo.
Y
llegamos al primer intríngulis:
tenemos una realidad con la cual interactuar y una herramienta que lo posibilita,
la inteligencia; pero tenemos al ejecutante de esa acción, nosotros mismos,
atravesados por determinados valores, ética, filosofía. ¿No es acaso inteligente el que utiliza su famosa “viveza criolla” para
estafar a alguien? Después de todo
posee una comprensión de la psiquis ajena como para conseguir su cometido. Esto
no lo hago para redimir la avivada sino
para demostrar que existe una lectura posicionada de la inteligencia con determinados
parámetros éticos, y el punto no está en que deshacernos de ella sino
comprender que no es universal.
Demostrado
que el término admite divergencia (como prácticamente cualquiera, para el
caso), demos luz a otro aspecto humano:
las ventajas y límites personales.
En efecto, la naturaleza, la formación, la cultura, etc. nos da ciertas
ventajas pero no nos concede otras:
aptitud deportiva, oído musical, capacidad de organización, etc. Podemos
entender desde este punto de vista que
la inteligencia es una herramienta pero que se descompone en más instrumentales
que combinados nos dan la capacidad.
Admitimos así la subjetividad de la inteligencia, es decir, lo injusto de fijar
un parámetro único dada la diversidad en la que vivimos. No se trata de un
repudio al “competitivismo”, sino de enunciar que la competencia es tal cuando
se parten de las mismas capacidades. Woody Allen decía, no textualmente pero si
en idea, que cuando uno debe sobrevivir, sus preocupaciones son alimentarse,
abrigarse, subsistir al fin pero cuando uno tiene las necesidades básicas
satisfechas (nuestro caso, francamente,
lector y dichosos somos por ello) sus preguntas transitan por el amor,
la felicidad, el sentido de la vida. La
inteligencia al servicio de nuestra necesidad es entonces el campo en la que se
desarrolla.
Y
por último, ya insinuado en el párrafo anterior, retomamos una teoría en su
momento muy popular, hoy aparentemente cuestionada pero no por ello menos útil
sobre las múltiples inteligencias. Dije ya que algunas características
permanecen por sobre otras. Es decir,
somos más inteligentes en algunos aspectos que otros, por ejemplo, el adepto
a las letras que le huye a los números por darle otra vuelta personal al asunto.
Es fácil descansar en el laurel de una
ventaja y pretender la inexistencia del límite. Una inteligencia particular es desde ya valiosa, pero apuntando a una
integral, opino que la posibilidad de potenciarla está en dos factores
fundamentales. Por un lado, el esfuerzo en compensar las falencias de nuestras “desinteligencias”
(no me queda otra, debo aprender a sumar y restar pronto), pero también en buscar cómo complementar
nuestra vida desde las reconocidas ventajas. Esto es, dada mi capacidad/incapacidad y mis objetivos, valerse de
nuestra inteligencia para cumplir nuestras expectativas. Si yo no soy bueno
con los números, será un esfuerzo inteligente aprender su manejo así como
aprender a cederlo, puesto que desconocer la capacidad ajena tampoco es
inteligente.
Llega
entonces el cierre, que a larga enhebra un trayecto que sigue este espacio
personal de reflexión como es el blog.
La inteligencia se basa en nuestra capacidad, ergo, nos obliga a conocernos y
reconocernos como aptos e ineptos a la vez para determinadas cuestiones. Ese proceso introspectivo y fácil de decir
pero difícil de seguir, nos lleva a otro proceso de reconocimiento del mundo en
base al previo análisis. Con sesgo demás, error de menos, establecemos la
relación entre nosotros y esa realidad y
de aquí se deduce nuestra capacidad de ir adecuando nuestra realidad al
deseo personal. Ahí, creo yo, aparece la inteligencia. “¿Somos todos
inteligentes?”, pregunté inicialmente. Claro que no, pregúnteselo usted a sí
mismo y si quiere me cuenta. ¿Puede
cualquiera ser inteligente? Sin duda.
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