Muchas veces mis días son como un ensayo de los que
acostumbro a publicar: durante el día me propongo a hacer determinados planes,
voy llevando algunos más que otros en forma mejor o peor, surgen imprevistos
que complican, mejoran, moldean mis planes, etc. Pero creo que lo más similar
al ejercicio ensayístico es la llegada de la medianoche, a la manera de
conclusión, uno retrocede sobre lo vivido. Me encuentro constantemente en esta
situación, revisando mi jornada, conectando, releyendo y reinterpretando.
¿Por qué será que nos urge esa necesidad en la comodidad de
nuestras camas? Siempre me costó responderme a eso. Asumo que es una especie de
encuentro con uno mismo, por lo general sellado con un silencio que incentiva algún
tipo de develación o epifanía. Hablo de una convención que subsiste al
respecto, basada en estos elementos, entre muchos otros. Sea como fuere, uno se
halla en una debilidad infernal con uno mismo, pero no una que atemorice
verdaderamente, sino una sinceramiento sorpresivo, intimidatorio para con uno
mismo, que convence a uno de decirse verdades, confesarse autoengaños, es un
culebrón mejicano a nuestro interior pero sin el matiz grotesco (o sea, no es un
culebrón, esencialmente). Y también, en esta vorágine de revisionismo, frente a la luz prepotente de nuestro propio juicio, muchas veces somos injustos con nosotros, sobrepasados tal vez por esa extraña debilidad franca, y nos olvidamos de la compasión, elemento muy ausente para quienes nos queremos considerar exigentes con nosotros mismos.
No creo poder sumar mucho más a esta reflexión y me alegra
intercalar un texto breve entre maratónicas líneas que a veces puede ser
desinformante, pero mi pregunta central es, tras el sincericidio trasnochado y,
quizás ante la amenaza de la alborada matinal ¿qué ocurrirá con esas conclusiones
amanecidas? ¿Serán parte del día siguiente?
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