jueves, 16 de enero de 2014

De la metáfora y la rutina: por qué somos tan “poéticos” como cualquier autor de versos



Metáfora: figura retórica. Tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita; p. ej., Las perlas del rocío. La primavera de la vida. Refrenar las pasiones. Aplicación de una palabra o de una expresión a un objeto o a un concepto, al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto) y facilitar su comprensión; p. ej., el átomo es un sistema solar en miniatura.

                Pocas formas poéticas son tan placenteras como la metáfora. Desde el inmortal “la vida es juego” (a ésta altura, anónimo) hasta  pedazo de forro” (también anónimo ya), nuestra vida está plagada de metáforas, de desplazar sentidos de un lado a otro (hablar de desplazamientos es en sí una metáfora, como si entes etéreos llamados sentidos volasen por ahí). Y más aún, algunas están incorporadas a tal punto en nuestro lenguaje que muchas veces ni nos damos cuenta: “sale el sol”. No, señora, no sale el sol, los que nos movemos somos nosotros, de hecho, mandaron a quemar a un tano hace mucho por eso. Sea como fuere, las metáforas se cuelan en nuestra cotidianeidad hasta al punto de explicar nuestras vidas mismas.
                El concepto de metáfora parte de una larga discusión que supone un lenguaje directo para expresar lo que ocurre en el mundo y un lenguaje “desviado” (sin ninguna connotación negativa) que desplaza el sentido de un lado al otro. Ejemplo: no es lo mismo gritarle a la persona que acaba de cruzar con su auto en frente nuestro con el semáforo en rojo “hombre de disminuida inteligencia sin capacidad de cambiar su condición” que “pelotudo sin remedio”. Existen los “vacíos legales” también: las patas de la mesa, pese a que esta no es ningún animal. Hay también una escuela  romántica de osados que advierten el desvío como la norma i que el verdadero uso es el de darle otro sentidos y no las convenciones. Para pensar…
Sea como fuere, cuándo terminamos una relación “cortamos” o “rompemos”, metáforas sanguinolentas tal vez, pero repetida hasta al hartazgo. Cuando nos aburrimos, nos sepultamos inmediatamente diciendo que la situación es la muerte. Inserte usted la tercera, lector, con alguna de sus habitués, la que le parezca. El punto es que  vivimos en un mundo donde el juego con el sentido no es algo estrictamente artístico, sino tan cotidiano como una rutina (¿podemos hablar del arte de la rutina?).  El centro de la reflexión de esta entrada es, entonces, qué efecto tendrán en nuestras vidas. Una frase que despertó mi curiosidad no hará mucho tiempo es la famosa “sensación de vació”. Precisamente, había naturalizado con absoluta ceguera ese sentimiento de melancolía y de deseo in-interpretado (uff, difícil de explicar sin recurrir al término “vacío”). ¿Qué es lo que despierta mi asombro sobre el término? El hecho de que, a sensación de supuesto vacío obedece a razón complementaria la acción de llenar ese vacío. Cabe preguntarse entonces, si yo llamo a algo sin contenido ¿debo saltar inmediatamente a la idea de vertirle el mismo? ¿No procedemos así a veces, por la mera convención? Este artículo dejará muchas preguntas abiertas.
Hay algo más interesante sobre esta metáfora superpuesta a una sensación. Es justamente el hecho de que nuestra interpretación de un sentir es, posiblemente, la forma más incorporada de construcción de una metáfora. En el hecho definir algo que escapa a las palabras fáciles y lleva a la construcción tanto de definiciones de diccionario como arte en demasía de las formas más diversas es en sí una de las tantas formas de construcción de metáfora. Tomemos el amor (aquí juega cualquiera que cree que le ha ocurrido). Existen una serie de convenciones, fraseadas de miles de maneras: mariposas en la panza (extraña metáfora gráfica), fijación del pensamiento en la persona, completitud (en oposición a la metáfora del vacío y de la media naranja), en fin, elija usted, lector, el punto es que son todas convenciones a partir de hechos aislados que, conjugados juntos, manifiestan amor. Pero no son el amor mismo, el amor ese sentir particular representado por esas convenciones, ergo, es también una figura retórica de algo que no se deja explicar fácil. Con la tristeza ocurre lo mismo: pregúntele al azar a cualquiera alrededor suyo que sería algo triste para esa persona. Hallará convenciones sociales, desde luego, pero la historia de vida de la persona elegirá quizás un trauma que para usted no lo es tal, que se ha convertido en la metáfora de lo que el otro expresa como triste.
Y así, entre tropo y tropo llegamos a la metáfora máxima: la vida. En nuestra búsqueda constante de sentido hemos consensuado que la vida es eso que empieza y termina y qué hay lógica en este tránsito. Pero la literatura, la gran metáfora de la metáfora, nos ha instalado un elemento en el medio, entre inicio y fin: el conflicto, una trabazón de los sucesos que preceden a un desenlace. Rezan las artes narrativas: sin conflicto, no hay trama. ¿Hasta qué punto hemos incorporado esa premisa que el conflicto (en todas sus formas) son el motor de nuestras vidas? La palabra tiene esa connotación negativa pero no es otra cosa que una metáfora devenida en convención de malestar que no nos permite ver precisamente que nuestras tramas avanzan en la medida que desatamos esos nudos en búsqueda desenlace y nuevo equilibrio. Nuestra necesidad de narrar nuestra existencia nos trajo la literatura (ver entrada anterior sobre la historia), y esta, creación humana, nos superó al punto de servirnos con metáforas como las antedichas para dar sentido a nuestras vidas.
En fin, cierro esta reflexión un tanto abstracta redimiendo el valor cotidiano de la metáfora. Tengamos presente qué significa, cómo excede a la poética y se cuela en cada rincón de nuestras vidas. A veces las reproducimos inconscientemente y esta se reproduce inconscientemente en nosotros, alterando nuestra percepción, dejándonos llevar por la poesía de la palabra. Cultivarlas con más atención y respeto puede develarnos unos cuantos límites que no son tales en nuestra humanidad, y destaparemos ciertas convenciones (y fortaleceremos otras), y avanzaremos en lo que creo yo es el objetivo máximo del pensamiento crítico: convertirnos en constructores de nuestros propios destinos en la mayor medida posible.

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