Metáfora: figura retórica. Tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita; p. ej., Las perlas del rocío. La primavera de la vida. Refrenar las pasiones. Aplicación de una palabra o de una expresión a un objeto o a un concepto, al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto) y facilitar su comprensión; p. ej., el átomo es un sistema solar en miniatura.
Pocas formas poéticas son tan placenteras
como la metáfora. Desde el inmortal “la
vida es juego” (a ésta altura, anónimo) hasta “pedazo
de forro” (también anónimo ya), nuestra
vida está plagada de metáforas, de desplazar sentidos de un lado a otro (hablar
de desplazamientos es en sí una metáfora, como si entes etéreos llamados sentidos volasen por ahí). Y más aún, algunas están incorporadas a tal punto en
nuestro lenguaje que muchas veces ni nos
damos cuenta: “sale el sol”. No,
señora, no sale el sol, los que nos movemos somos nosotros, de hecho, mandaron
a quemar a un tano hace mucho por eso. Sea como fuere, las metáforas se cuelan en nuestra cotidianeidad hasta al punto de
explicar nuestras vidas mismas.
El concepto de metáfora parte de una
larga discusión que supone un lenguaje
directo para expresar lo que ocurre en el mundo y un lenguaje “desviado” (sin
ninguna connotación negativa) que desplaza el sentido de un lado al otro.
Ejemplo: no es lo mismo gritarle a la persona que acaba de cruzar con su auto
en frente nuestro con el semáforo en rojo “hombre de disminuida inteligencia
sin capacidad de cambiar su condición” que “pelotudo sin remedio”. Existen los
“vacíos legales” también: las patas
de la mesa, pese a que esta no es ningún animal. Hay también una escuela romántica de osados que advierten el desvío como
la norma i que el verdadero uso es el de darle otro sentidos y no las
convenciones. Para pensar…
Sea como
fuere, cuándo terminamos una relación “cortamos” o “rompemos”, metáforas
sanguinolentas tal vez, pero repetida hasta al hartazgo. Cuando nos aburrimos,
nos sepultamos inmediatamente diciendo que la situación es la muerte. Inserte
usted la tercera, lector, con alguna de sus habitués, la que le parezca. El
punto es que vivimos en un mundo donde el juego con el
sentido no es algo estrictamente artístico, sino tan cotidiano como una rutina
(¿podemos hablar del arte de la rutina?). El
centro de la reflexión de esta entrada es, entonces, qué efecto tendrán en
nuestras vidas. Una frase que despertó mi curiosidad no hará mucho tiempo
es la famosa “sensación de vació”.
Precisamente, había naturalizado con
absoluta ceguera ese sentimiento de melancolía y de deseo in-interpretado (uff,
difícil de explicar sin recurrir al término “vacío”). ¿Qué es lo que despierta
mi asombro sobre el término? El hecho de que, a sensación de supuesto vacío obedece a razón complementaria la acción
de llenar ese vacío. Cabe preguntarse entonces, si yo llamo a algo sin
contenido ¿debo saltar inmediatamente a la idea de vertirle el mismo? ¿No
procedemos así a veces, por la mera convención? Este artículo dejará muchas
preguntas abiertas.
Hay algo más
interesante sobre esta metáfora superpuesta a una sensación. Es justamente el
hecho de que nuestra interpretación de
un sentir es, posiblemente, la forma más incorporada de construcción de una
metáfora. En el hecho definir algo
que escapa a las palabras fáciles y lleva a la construcción tanto de
definiciones de diccionario como arte en demasía de las formas más diversas es
en sí una de las tantas formas de construcción de metáfora. Tomemos el amor
(aquí juega cualquiera que cree que le ha ocurrido). Existen una serie de
convenciones, fraseadas de miles de maneras: mariposas en la panza (extraña metáfora
gráfica), fijación del pensamiento en la persona, completitud (en oposición a
la metáfora del vacío y de la media naranja), en fin, elija usted, lector, el
punto es que son todas convenciones a
partir de hechos aislados que, conjugados juntos, manifiestan amor. Pero no son
el amor mismo, el amor ese sentir particular representado por esas
convenciones, ergo, es también una figura
retórica de algo que no se deja explicar fácil. Con la tristeza ocurre lo
mismo: pregúntele al azar a cualquiera alrededor suyo que sería algo triste
para esa persona. Hallará convenciones sociales, desde luego, pero la historia
de vida de la persona elegirá quizás un trauma que para usted no lo es tal, que
se ha convertido en la metáfora de lo que el otro expresa como triste.
Y así, entre
tropo y tropo llegamos a la metáfora
máxima: la vida. En nuestra búsqueda constante de sentido hemos consensuado
que la vida es eso que empieza y termina y qué hay lógica en este tránsito. Pero
la literatura, la gran metáfora de la metáfora, nos ha instalado un elemento en
el medio, entre inicio y fin: el
conflicto, una trabazón de los sucesos que preceden a un
desenlace. Rezan las artes narrativas: sin conflicto, no hay trama. ¿Hasta
qué punto hemos incorporado esa premisa que el conflicto (en todas sus
formas) son el motor de nuestras vidas?
La palabra tiene esa connotación negativa pero no es otra cosa que una metáfora
devenida en convención de malestar que no nos permite ver precisamente que
nuestras tramas avanzan en la medida que desatamos esos nudos en búsqueda desenlace
y nuevo equilibrio. Nuestra necesidad de
narrar nuestra existencia nos trajo la literatura (ver entrada anterior
sobre la historia), y esta, creación
humana, nos superó al punto de servirnos con metáforas como las antedichas para
dar sentido a nuestras vidas.
En fin, cierro
esta reflexión un tanto abstracta redimiendo el valor cotidiano de la metáfora. Tengamos presente qué significa, cómo excede a la poética y se cuela en
cada rincón de nuestras vidas. A veces las reproducimos inconscientemente y
esta se reproduce inconscientemente en nosotros, alterando nuestra percepción, dejándonos
llevar por la poesía de la palabra. Cultivarlas con más atención y respeto
puede develarnos unos cuantos límites que no son tales en nuestra humanidad, y
destaparemos ciertas convenciones (y fortaleceremos otras), y avanzaremos en lo
que creo yo es el objetivo máximo del pensamiento crítico: convertirnos en
constructores de nuestros propios destinos en la mayor medida posible.
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