viernes, 17 de enero de 2014

Los límites de la conciencia: introducción al relativismo cultural



Relativismo: Doctrina según la cual la realidad carece de sustrato permanente y consiste en la relación de los fenómenos.

                Es todo relativo” reza la frase que divide desde mesas familiares hasta comunidades científicas. La frase en sí conlleva una preciosa paradoja que enuncia las fisuras del lenguaje: si todo es relativo, debe tomarse por relativa la sentencia de que todo lo es. Exquisiteces. Pero la filosofía que reside en la expresión es sin duda lo que genera polémicas y el capítulo que tiene hoy en el blog. Detractores, abstenerse, aquí leerán su defensa acérrima, al punto quizás del absolutismo.
                Como hace poco escribía en mi primera entrada, mi vida me ha otorgado accidentalmente mucha diversidad, diversidad que a los ojos de las diferencias que circundan el mundo, no son más que un principio, una puerta de entrada a la otredad. En ese choque con el otro, he entrado en lo que vulgarmente se llaman “burbujas”, pequeñas (y no tanto) comunidades de personas que esgrimen valores en su mayoría consensuados y unívocos para los mismos. No, señora, no estoy hablando de Malinowski y los trobiandeses, famoso estudio antropológico en una isla remota. Hablo de lo que a usted se le ocurra: grupos de adolescentes de pomposos colegios privados, ascéticos misioneros de localidades distantes a donde la única que llega sin problemas es la carestía material, jóvenes intelectuales en pos de una revolución social de calibre mundial iniciada en puntos que algún día en su visión serán neurálgicos. No sé si ésta último oposición está bien lograda o no, pero el punto es este: el choque, la diferencia, las burbujas.
                Vivamos un mundo sin metáforas por un momento (para ir en contra de mi entrada anterior) y ejercitemos la imaginación. ¿Listos lectores? Estamos en una burbuja… flotamos por la vida, prácticamente sin suspicacia alguna de un más allá de esta delgada pared que nos contiene (esa delgada pared puede ser tan grande como un enrejado de barrio privado, los límites de un país, una emergencia de tierra entera incluso). Pero, retrucando la imagen, este muro es semi-transparente. En esa opacidad suave vislumbramos la existencia de otra burbuja, es decir otro barrera que vemos desde la propia con seres que, en la distorsión de las interrupciones visuales que nos contienen, evidencian diferencias que nos suscitan un cosmos de reacciones varias. Dando fin a la metáfora, que como buen desplazamiento, explica una parcialidad en la medida que se desentiende de otro, tenemos que diferenciar muchos momentos de esta situación. Tenemos por un lado, la tranquilidad o comodidad inicial (descontando que siempre hay quienes no pertenecen a su propia burbuja), la precepción generalizada en los mismos términos, límites de la conciencia: esto es lo que hay, y como es lo que hay, es la norma, lo que efectivamente es. Llega el segundo momento, el del encuentro con el otro a la distancia. Uno creería que esto rompe la burbuja, pero no siempre es así. Un tercer momento es la noción de la constatación de esa diferencia entre burbujas. Más aún, debemos entender que la burbuja opuesta pasa por el mismo proceso en líneas generales.
                Me fui flotando por la abstracción y debo pinchar mi burbuja para bajar esto a la tierra: ¿cuántas veces nos encontramos en una situación en la que los códigos nos resultan absolutamente ajenos? Soltemos a Mirtha Legrand y sus fieles seguidoras en medio de la 12. Los códigos son abismalmente contrarios, la conciencia del otro es netamente parcial e inequívocamente parcial e incompleta, choque cultural en una de sus expresiones posiblemente más entretenidas. Ninguno de los dos comprendería la impostura ajena y reclamaría que se juegue el mismo juegue pero bajo las reglas propias.
                Ahora que doy cuenta de la terrenalidad de mi exposición, retomemos el concepto al inicio: la relatividad. La palabra en sí se deriva de “relación”, es decir, si todo es relativo, todo se relaciona a algo. Por más obvio que suene esto, seguiremos por la profundidad de las cavernas de lo elemental en aspecto, pues siempre estará el incauto o el nuevo que debe chocar con esto. Si todo se relaciona a algo debemos entender que hay distintos tableros de juego con sus propias reglas, y, para entenderlas, tratar de jugar a las damas con las reglas del ajedrez nos va a costar una derrota, por más parangones que puedan existir. Como yo soy relativista a ultranza como el ávido lector se habrá dado cuenta, y para los aún más avezados, me retrotraigo a mi entrada introductoria en donde enuncié mi lugar de relación con el mundo, mis características (entre muchas más) a partir de las cuales leo al mundo, mi red de relaciones que me atan a un mundo particular, mi relativismo. Es decir, percibo, pero desde una posición. Así como los encargados de turismo de Iguazú nos venden que las cataratas están del lado brasilero pero se ven mejor del  argentino (no he tenido el placer, ni de ir ni de leer qué dicen del lado carioca), desde una posición veo algunas cosas, pero ignoro otras.
Esta posición se opone a la de verdades únicas e insondables, que, en su status todopoderoso, presume la adaptación de cualquier contrario a esa realidad. No hace falta pensar en grande para encontrar estas posturas: desde el insidioso discutidor que no ve otro horizonte que no sea el propio hasta un país donde invaden en nombre de la libertad, el mundo está plagado de “absolutistas no asumidos” (aquí aparece lo de “ignorar cosas por la posición en la que uno está”), mismo nosotros somos absolutistas en algunas cuestiones y quizás no somos conscientes de ello. El error no está en el hecho en sí, sino en intransigencias que merecen revisión.
 Versiones opuestas dirán que es difícil construir si no hay ningún absoluto del cual partir relaciones, lo cual es absolutamente válido. El punto de ello es que, creo yo (y unos cuantos mucho antes), ese absoluto debe ser producto de un acuerdo entre partes de diferente relatividad: zurditos y fachos, religioso y ateos, cuanta dicotomía (tricotomía y “pluricotomía”) haya. Es de ingenuos creer que este pacto es fácil, que no requerirá cierta adaptación por ambas partes. Pero ahora sí, más cínicamente, es eso o la elevación de un absoluto por sobre todos los otros que se percibirían como tal. Y no se crea que estoy hablando de política pura nada más. No por nada llamamos relación a la reunión de dos personas en buena medida disímiles que se van modificando mutuamente por sus requerimientos afectivos hasta fundirse en eso que deviene en pareja, o sea, dos individuos que proyectan juntos un mismo camino (lectores hormonales, no usen esa frase para la seducción, su éxito no se garantiza). Recuérdese que este ínfimo desarrollo no es más que un principio de pensamiento, la realidad ha de obstaculizar mucho esta senda, pero cuando el camino es pedregoso, dejar de pedalear no nos lleva a ningún lado.
                Queda claro que nuestra existencia es un entramado de relaciones con elementos muy distintos. A partir de ellas es que se nos hace inteligible el mundo: de niños no sabemos ni lo que es una fruta hasta que un alma caritativa nos facilita su comprensión (si es que tenemos este privilegio), pues estamos ávidos de dar sentido a todo. De grandes nos volvemos más reticentes, sellamos en parte nuestro conocimiento y nuestras sendas porque creemos que está todo dado (porque efectivamente se nos dio, pero lo hemos naturalizado)- Si esto no fuese así, nos libraríamos de nuestros simpáticos políticos legisladores cuyo trabajo es noble, más allá de sus intenciones particulares que logran contrarrestar lo puro.
           Cerrando esta perorata, hagamos un ejercicio más simple de lo que parece: miremos alrededor, qué características tiene nuestra burbuja, qué nos permite ver, qué parece costarnos entender, enunciar nuestros límites, establecer códigos similares, códigos disímiles, aprender. ¿Ya lo hizo en casa señora? ¡Cómo si fuese tan fácil! (Ups ¿me contradije? no fue a propósito) Nada más humano que nuestros límites y a la vez, qué difícil verlos, entenderlos y, sobre todo, aceptarlos, puesto que, si hay alguna manera de flexibilizarlos, difícilmente sea sin acordar que están ahí. Así que es hora de relativizar un poco más en nuestra rutina, ver que así como no entendemos, hay gente que no nos entiende, y por ello hay que saber en relación a qué leemos el mundo, ver que alguna concesión no es traición sino primera norma de convivencia.

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