Relativismo: Doctrina según la cual la realidad carece de sustrato permanente y consiste en la relación de los fenómenos.
“Es todo relativo” reza la
frase que divide desde mesas familiares hasta comunidades científicas. La
frase en sí conlleva una preciosa paradoja que enuncia las fisuras del
lenguaje: si todo es relativo, debe tomarse por relativa la sentencia de que
todo lo es. Exquisiteces. Pero la
filosofía que reside en la expresión es sin duda lo que genera polémicas y
el capítulo que tiene hoy en el blog. Detractores, abstenerse, aquí leerán su
defensa acérrima, al punto quizás del absolutismo.
Como hace poco escribía en mi
primera entrada, mi vida me ha otorgado accidentalmente mucha diversidad, diversidad que a los ojos de las diferencias que
circundan el mundo, no son más que un
principio, una puerta de entrada a la otredad. En ese choque con el otro,
he entrado en lo que vulgarmente se llaman “burbujas”,
pequeñas (y no tanto) comunidades de
personas que esgrimen valores en su mayoría consensuados y unívocos para los
mismos. No, señora, no estoy hablando de Malinowski y los trobiandeses,
famoso estudio antropológico en una isla remota. Hablo de lo que a usted se le
ocurra: grupos de adolescentes de pomposos colegios privados, ascéticos
misioneros de localidades distantes a donde la única que llega sin problemas es
la carestía material, jóvenes intelectuales en pos de una revolución social de
calibre mundial iniciada en puntos que algún día en su visión serán
neurálgicos. No sé si ésta último oposición está bien lograda o no, pero el
punto es este: el choque, la diferencia,
las burbujas.
Vivamos un mundo sin metáforas
por un momento (para ir en contra de mi entrada anterior) y ejercitemos la
imaginación. ¿Listos lectores? Estamos en una burbuja… flotamos por la vida, prácticamente sin suspicacia alguna de un más
allá de esta delgada pared que nos contiene (esa delgada pared puede ser
tan grande como un enrejado de barrio privado, los límites de un país, una
emergencia de tierra entera incluso). Pero, retrucando la imagen, este muro es semi-transparente. En esa opacidad suave vislumbramos la
existencia de otra burbuja, es decir otro barrera que vemos desde la propia con
seres que, en la distorsión de las interrupciones visuales que nos contienen,
evidencian diferencias que nos suscitan un cosmos de reacciones varias.
Dando fin a la metáfora, que como buen desplazamiento, explica una parcialidad
en la medida que se desentiende de otro, tenemos que diferenciar muchos momentos de esta situación.
Tenemos por un lado, la tranquilidad o
comodidad inicial (descontando que siempre hay quienes no pertenecen a su
propia burbuja), la precepción
generalizada en los mismos términos, límites de la conciencia: esto es lo
que hay, y como es lo que hay, es la norma, lo que efectivamente es. Llega el segundo momento, el del encuentro con el
otro a la distancia. Uno creería que esto rompe la burbuja, pero no siempre es
así. Un tercer momento es la noción
de la constatación de esa diferencia entre burbujas. Más aún, debemos
entender que la burbuja opuesta pasa por
el mismo proceso en líneas generales.
Me fui flotando por la
abstracción y debo pinchar mi burbuja para bajar esto a la tierra: ¿cuántas veces nos encontramos en una
situación en la que los códigos nos resultan absolutamente ajenos? Soltemos
a Mirtha Legrand y sus fieles seguidoras en medio de la 12. Los códigos son abismalmente contrarios, la
conciencia del otro es netamente parcial e inequívocamente parcial e incompleta,
choque cultural en una de sus
expresiones posiblemente más entretenidas. Ninguno
de los dos comprendería la impostura ajena y reclamaría que se juegue el mismo
juegue pero bajo las reglas propias.
Ahora que doy cuenta de la
terrenalidad de mi exposición, retomemos el concepto al inicio: la relatividad. La palabra en sí se deriva de “relación”, es decir, si todo es
relativo, todo se relaciona a algo. Por más obvio que suene esto,
seguiremos por la profundidad de las cavernas de lo elemental en aspecto, pues
siempre estará el incauto o el nuevo que debe chocar con esto. Si todo se relaciona a algo debemos
entender que hay distintos tableros de juego con sus propias reglas, y, para
entenderlas, tratar de jugar a las damas con las reglas del ajedrez nos va a
costar una derrota, por más parangones que puedan existir. Como yo soy
relativista a ultranza como el ávido lector se habrá dado cuenta, y para los
aún más avezados, me retrotraigo a mi entrada introductoria en donde enuncié mi lugar de relación con el mundo, mis
características (entre muchas más) a
partir de las cuales leo al mundo, mi red de relaciones que me atan a un mundo
particular, mi relativismo. Es decir, percibo, pero desde una posición. Así
como los encargados de turismo de Iguazú nos venden que las cataratas están del
lado brasilero pero se ven mejor del
argentino (no he tenido el placer, ni de ir ni de leer qué dicen del
lado carioca), desde una posición veo
algunas cosas, pero ignoro otras.
Esta posición se opone a la
de verdades únicas e insondables, que, en su status
todopoderoso, presume la adaptación de
cualquier contrario a esa realidad. No
hace falta pensar en grande para encontrar estas posturas: desde el insidioso
discutidor que no ve otro horizonte que no sea el propio hasta un país donde
invaden en nombre de la libertad, el mundo está plagado de “absolutistas
no asumidos” (aquí aparece lo de “ignorar cosas por la posición en la
que uno está”), mismo nosotros somos
absolutistas en algunas cuestiones y quizás no somos conscientes de ello. El error no está en el hecho en sí, sino en
intransigencias que merecen revisión.
Versiones opuestas dirán que es difícil
construir si no hay ningún absoluto del cual partir relaciones, lo cual es
absolutamente válido. El punto de ello es que, creo yo
(y unos cuantos mucho antes), ese absoluto
debe ser producto de un acuerdo entre partes de diferente relatividad:
zurditos y fachos, religioso y ateos, cuanta dicotomía (tricotomía y “pluricotomía”)
haya. Es de ingenuos creer que este
pacto es fácil, que no requerirá cierta adaptación por ambas partes. Pero ahora
sí, más cínicamente, es eso o la elevación de un absoluto por sobre todos los
otros que se percibirían como tal. Y no
se crea que estoy hablando de política pura nada más. No por nada llamamos relación a la reunión de dos
personas en buena medida disímiles que se van modificando mutuamente por sus
requerimientos afectivos hasta fundirse en eso que deviene en pareja, o sea,
dos individuos que proyectan juntos un mismo camino (lectores hormonales, no
usen esa frase para la seducción, su éxito no se garantiza). Recuérdese que
este ínfimo desarrollo no es más que un principio de pensamiento, la realidad ha de obstaculizar mucho esta
senda, pero cuando el camino es pedregoso, dejar de pedalear no nos lleva a
ningún lado.
Queda claro que nuestra existencia es un entramado de
relaciones con elementos muy distintos. A partir de ellas es que se nos hace inteligible el mundo: de niños no sabemos ni lo que es una
fruta hasta que un alma caritativa nos facilita su comprensión (si es que
tenemos este privilegio), pues estamos
ávidos de dar sentido a todo. De
grandes nos volvemos más reticentes, sellamos
en parte nuestro conocimiento y nuestras sendas porque creemos que está todo
dado (porque efectivamente se nos dio, pero lo hemos naturalizado)- Si esto
no fuese así, nos libraríamos de nuestros simpáticos políticos legisladores
cuyo trabajo es noble, más allá de sus intenciones particulares que logran
contrarrestar lo puro.
Cerrando esta
perorata, hagamos un ejercicio más
simple de lo que parece: miremos
alrededor, qué características tiene nuestra burbuja, qué nos permite ver, qué
parece costarnos entender, enunciar nuestros límites, establecer códigos
similares, códigos disímiles, aprender. ¿Ya lo hizo en casa señora? ¡Cómo
si fuese tan fácil! (Ups ¿me contradije? no fue a propósito) Nada más humano que nuestros límites y a la
vez, qué difícil verlos, entenderlos y, sobre todo, aceptarlos, puesto que, si
hay alguna manera de flexibilizarlos, difícilmente sea sin acordar que están
ahí. Así que es hora de relativizar un poco más en nuestra rutina, ver que así
como no entendemos, hay gente que no nos entiende, y por ello hay que saber en
relación a qué leemos el mundo, ver que alguna concesión no es traición sino
primera norma de convivencia.
Será relativo pero me pareció muy constructivo e interesante!
ResponderEliminar