Idealizar: Elevar las cosas sobre la realidad sensible por medio de la inteligencia o la fantasía.
“…y vivieron felices para siempre”
instalaron para la inmortalidad los cuentos de hadas (o fueron los de Disney,
nunca se sabe). Lejos de ser una entrada
iconoclasta al respecto (sobran bibliografía cansina sobre el tema), aquí se
encara hoy nuestra innegable capacidad
para la idealización.
Hágase
cargo señora: todos idealizamos. Es
más, y quizás desafiando un poco la definición (o más bien un sentido común de
uso) lo hacemos frecuentemente para bien
o para mal. El pesimismo y el optimismo son en sí una forma de idealizar
que dan cuenta de esto último. Podemos cuestionarnos, a partir de la escueta
definición del encabezado (y quedará para una próxima entrada) a qué se
considera inteligencia y por qué está disociado de la fantasía. Torzamos las
rígidas significaciones que una academia propone (por cuestiones prácticas,
claro) y démosle la neutralidad al
término, así cada quien virará su idealización en dirección a su realidad.
¿Por
qué idealizamos? Razones, miles. La ficción
es efectivamente una forma de idealizar, por más “realista” que pretenda a
hacer. Haga la gimnasia en casa, doña, prenda la tele. Repare en la primera
pieza publicitaria que encuentre. Elija preferentemente algún comestible,
tomemos por caso una hamburguesa de cadenas multinacionales mediáticas. Aprecie
la curvatura de sus panes, la turgencia de sus quesos, la provocación de la
carne. Vaya a su local amigo y realice el acto de compra. ¿Ni por asomo es esa
experiencia de placer que prometía? ¿O quizás era todo lo que soñaba en su vida
desde harán unos veinte minutos? La publicidad se alimenta de la idealización e
invade nuestro rincones de ocio constantemente, por lo que inconscientemente
vivimos consumiendo estas elevaciones de cosas por sobre la realidad.
Ahora
bien y habiendo demorado suficientemente un desafío al concepto, la idealización está tan lejos de ser la
fuente de todo mal o la raison d’etre
universal. Idealizar ordena nuestro
pensamiento en base a nuestros deseos y suma/resta acorde a nuestros prejuicios
(otro término que tiene acepción positiva). ¿Cuántas veces, señora-
señorita, se deja llevar por la foto de un muchacho mozo, rodeándola de futuro,
romance, eternidad y demás ideales? Sin
duda es tan cercano a nuestro día a día, pero no lo advertimos tanto como
creemos.
Proyectar para la vida de uno es esencialmente
idealizar. Elevamos determinados
objetivos aún no cumplidos por sobre nuestra realidad y, según nuestra
convicción en los mismos, conspiramos en pos de su consecución. La
construcción de un programa político no dista para nada del concepto tampoco.
La búsqueda de la utopía es nivel máximo de los dos ejemplos anteriores y aquí
el punto: en idealizar hay implicado un
perseguir, no necesariamente un alcanzar. La idealización sirve como complemento, ayuda a depositar nuestra
felicidad en objetivos que pueden ser cumplidos, por lo menos en lo material, y
es en el encuentro entre la idealización y nuestra realidad en que alcanzamos
satisfacciones en nuestra vida. Detrás hay una palabra que hace eco
profundo: eternidad. Somos finitos y nos cuesta aceptarlo y nuestro sueño es, en esa finitud, construir lo duradero en todo nuestro paso
antes de cerrar la función. Creemos que no nos afecta la muerte, pero
queremos que todo dure, y eso no es más que un combate lejano contra la
disimulada parca.
Pero como buena arma de doble filo,
idealizar puede distorsionar nuestra percepción. A veces, relación ruptura
romántica, en el proceso de seguir adelante, no podemos evitar elevar ciertas
características por sobre otras, y tratarlas como si ese aspecto, ya sea buena
o malo, ha sido toda la relación. Así acabamos por negar la complejidad de nuestra historia, con una notable
tendencia a un descarado maniqueísmo que no hace más que torturarnos (otra
entrada pendiente). Mismo, la
idealización puede hacernos perseguir objetivos quizá inalcanzables, no tanto
por el objetivo en sí, sino por el romanticismo de la persecución, que a la
hora de cumplir con la meta se muestra mucho menos atractivo que en el trayecto. Nuestra cognición se altera y nos cuesta
ser felices con algo porque siempre estamos esperando que la magia sea real y
que el mago no sea un encantador maestro del engaño. Quizás un caso que se
repite hasta al hartazgo en nuestra sociedad es el de la persona que se sume en
el trabajo postergando afectos y, para los que tienen esta personalidad de
nunca estar satisfecho con alcanzar una meta, se despierta un día perdido en la
desdicha del vacío de un sendero que resultó inconcluyente. Hay que notar aquí
que no se trata de las maldades de la vida de ambición material lo que frustra
necesariamente como tratan de grabarnos muchas veces (no es una defensa de la
acumulación, sino un redireccionamiento del origen de nuestro penar). Una vez más la perversión de un objeto está
más en su uso que en el objeto en sí.
Para
redondear y salir de esta reflexión airosos, llegamos al final con las
habituales recapitulaciones desde las repreguntas. Todos idealizamos, sin duda. ¿Esta “mal”? Para nada. No podemos evitar hacerlo y
no hace más que darle cierto plus a la experiencia de vida, potenciar nuestro
deseo y satisfacción en ello. Pero como todo en esta vida, su exceso recurre en
vicio y vuelve grueso ese separador
entre el deseo de felicidad y la apatía, posicionándonos claramente en el bando
gris. No hay por qué temer a idealizar, pero alertar cómo y cuándo lo hacemos
siempre es importante, porque oculta verdades tan profundas como a que
significamos como elementos necesarios para nuestra vida. Tal vez en esta
pregunta nos encontremos nuevamente que un deseo no es tal, o lo confirmemos pero
veamos el matiz inalcanzable de tal y podemos, sin abandonarlo, reformularlo y
hacerlo palpable. Así que vaya, idealice con cuidado, señora, pero no deje de
hacerlo, pues la indiferencia está a la vuelta de la esquina.
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