jueves, 23 de enero de 2014

Dolores de mi vida: ¿puede el dolor ser útil? (no es una entrada sadomasoquista)



Dolor: Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior. Sentimiento de pena y congoja.

Me duele la cabeza; una pastilla lo calma. Me peleé con un amigo; mejor pensar en otra cosa. Acabo de romper una relación; el tiempo lo cura todo. Esta tríada resume muy sucintamente nuestra relación con el dolor. Inaugurar esta reflexión con su definición parece hasta ingenuo, pero ¿cuántas veces nos hemos preguntado verdaderamente por ese universo? Yo lo hago seguido, recientemente con Franqueza Percutora, a quién debo la venidera verborragia.
Sin dudarlo: vivimos en una sociedad evasiva del dolor. Este pensamiento, lejos de ser original, ha montado industrias de todo tipo que no hacen más que darle la espalda a esa sensación incómoda. Más aún, a pesar de ser un síntoma, un medio, una manifestación, el dolor ha cobrado suficiente entidad como para ser reconocido como un mal en sí mismo. Así, sobran palabras, el dolor no es más que un intermediario entre nosotros y algo que, puesto en relación con uno, se hace sentir displicentemente en sensación de aflicción y molestia.
Como buena convención (recuérdese la entrada sobre la metáfora), el sentimiento de dolor  se nos infunde de muy chicos, de manera más homogénea en general (la gran mayoría lo experimentamos de niños con disparadores parecidos, como el abandono de nuestro protector, el hambre, etc.) pero es en la acumulación de experiencias distintas en que uno forja un carácter en relación con esta sensación. ¿A qué voy con esto? Nada es doloroso per se: el ser criado huraño no siente incómodo la soledad. Por lo general, la privación de lo naturalizado o lo obtenido genera ese vacío (pucha, que no me puedo deshacer de esa palabra) y es entonces cuando el dolor se hace carne en uno.
No obstante, lo perdido no lo es todo. Escuelas y escuelas de psicología logran un tibio pero acertado consenso sobre el deseo como motor humano. Y como tal, nos impulsa a la persecución de determinados objetivos. E irremediablemente, los traspiés o incluso fracasos en la concreción de esa meta llevan a esa frustración que no es más que otra manifestación de nuestro amigo (¿o será enemigo?) con D. Y ya que entré en ese terreno acusando una psicología de programa de chimento vespertino, denuncio a los que se esconden detrás de nuestro dolor: el miedo y la tristeza. Efectivamente, se entiendo que el dolor esta entre nosotros y algo más, principalmente estas dos sensaciones, de clara manifestación física (cambios de ritmo en la sangre, distribución, sudoración, etc.).
Pero dejemos el lenguaje técnico para los que lo esculpen con arte. Retomamos con este terreno del dolor como muro entre nosotros y lo que nos produce miedo y tristeza. Obviamente, mi metáfora no es ingenua: el dolor encubre aspectos de nuestra vida, según la altura de esta pared, nos permite ignorarlos, hacer de cuenta que no existen, incluso vivir con ese muro recubriendo nuestra existencia hasta autoconvencernos de que nuestra realidad está entre cuatro paredes. No sé si vale la pena continuar aquí con enumeración de riesgos de vivir en negación, la negación en sí no es mala y además los tiempos para enfrentarse a éstas varían en cada caso. Mi historia  de vida (si me permite mi violenta intromisión, lector) no ha sido generosa conmigo a la hora de darle la espalda a lo doloroso, por lo que tomaré mi partido pero me reservaré de llamarlo verdad.
Filtrados los leedores negadores (qué feo negociar con eso), los que quedamos estamos cara a cara con el muro del dolor (qué placer huir de la individualidad represora a la libertad de la amorfa masa). Contienda duras si las hay, enfrentar al dolor es enfrentarse uno mismo contra uno mismo (uno a uno siempre tuvo mejor marketing, pero no es conveniente, muestra la historia). Retomando ¿Qué hay detrás de esos ladrillos? Miedo y tristeza, precisamente. ¿Qué son ese miedo y tristeza? Tomo la salida pedagógicamente limitada para acercarnos a la respuesta: la ruptura amorosa suele evocar el miedo a la soledad, la muerte de un ser querido recuerda la tristeza de la ausencia. No importa al fin el qué en esta entrada, eso es absolutamente personal, pero recupero con esto el ver a los ojos del dolor. Pocas cosas son más humanas que esta sensación y, en su calidad de intermediario, no debe ser visto como el mal, sino como  medio para un fin. El frente a frente con él es inevitablemente doloroso en sí, pero también nos acerca a una comprensión más profunda de uno, a la aceptación de los límites (seguimos con los guiños a otras entradas), a reconocer que lo que tememos efectivamente es una posibilidad, y como tal, debemos hacer las paces con ella.
El miedo puede ser tan motivador como traicionero. Por este muchas veces nos apuramos a concretar ciertas metas: matrimonios, laburos y demás. Justamente es esta prisa la que naufraga estos objetivos. ¿Hacia dónde voy con esto? Esta situación viene a conectarse con lo antedicho sobre las posibilidades, puesto que no ver la consecución de un objetivo es no ver la contracara de un mismo fenómeno y, por lo tanto, elegir voluntariamente no comprender un aspecto. Poéticamente hermoso e inspirador son esos perseverantes que se autoconvencen de hacer lo que quieren como único horizonte, mas, y a riesgo de pecar de cínico, el mundo siempre nos tiene una frustración esperándonos a la vuelta de la esquina. Creo que hay en aceptar la posibilidad de no cumplir un objetivo la oportunidad ver las bondades de ese fracaso, de que quizás no lo es tal, de evaluar si ese deseo motor es verdaderamente propio. De ninguna manera hay que resignar nuestra búsqueda, sino aceptar que su fin solo pone en evidencia nuevas búsquedas.
Y volvemos al dolor para cerrar. Quizá en mi ecléctico paso por el tema desvirtué su centralidad en la exposición, pero creo que mi recorrido, más que por su contenido, sirve de ejemplo para ver todo lo productivo que hay en preguntarse por el dolor, la cantidad de tela para cortar. No es fácil, sin duda, nada quita esa incomodidad insistente que se manifiesta en las formas más varadas e inoportunas, pero, para nos, los comprensivistas (señores de la RAE, aceptenmé el término), si hay alguna forma de acercarnos a la felicidad es a partir de entendernos mejor y, ya que el dolor es una experiencia inevitable de la vida, nada mejor que convertirlo en una herramienta para profundizar el autoconocimiento y, así, quizás así,  creer cada día más en ese paso que pretendemos dar hacia ser felices.  

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