Me duele la
cabeza; una pastilla lo calma. Me peleé con un amigo; mejor pensar en otra
cosa. Acabo de romper una relación; el tiempo lo cura todo. Esta tríada resume
muy sucintamente nuestra relación con el
dolor. Inaugurar esta reflexión con su definición parece hasta ingenuo,
pero ¿cuántas veces nos hemos preguntado
verdaderamente por ese universo? Yo lo hago seguido, recientemente con Franqueza Percutora, a quién debo la venidera verborragia.
Sin dudarlo: vivimos en una sociedad evasiva del dolor.
Este pensamiento, lejos de ser original, ha montado industrias de todo tipo que
no hacen más que darle la espalda a esa sensación incómoda. Más aún, a pesar de
ser un síntoma, un medio, una
manifestación, el dolor ha cobrado suficiente entidad como para ser reconocido
como un mal en sí mismo. Así, sobran palabras, el dolor no es más que un intermediario entre nosotros y algo que,
puesto en relación con uno, se hace sentir displicentemente en sensación de
aflicción y molestia.
Como buena convención (recuérdese la entrada sobre
la metáfora), el sentimiento de
dolor se nos infunde de muy chicos, de
manera más homogénea en general (la gran mayoría lo experimentamos de niños
con disparadores parecidos, como el abandono de nuestro protector, el hambre,
etc.) pero es en la acumulación de
experiencias distintas en que uno forja un carácter en relación con esta
sensación. ¿A qué voy con esto? Nada
es doloroso per se: el ser criado
huraño no siente incómodo la soledad. Por
lo general, la privación de lo naturalizado o lo obtenido genera ese vacío (pucha, que no me puedo
deshacer de esa palabra) y es entonces
cuando el dolor se hace carne en uno.
No obstante,
lo perdido no lo es todo. Escuelas y escuelas de psicología logran un tibio
pero acertado consenso sobre el deseo
como motor humano. Y como tal, nos
impulsa a la persecución de determinados objetivos. E irremediablemente, los traspiés
o incluso fracasos en la concreción de esa meta llevan a esa frustración que no
es más que otra manifestación de nuestro amigo (¿o será enemigo?) con D. Y ya que entré en ese terreno
acusando una psicología de programa de chimento vespertino, denuncio a los que se esconden detrás de nuestro
dolor: el miedo y la tristeza. Efectivamente, se entiendo que el dolor esta
entre nosotros y algo más, principalmente estas dos sensaciones, de clara
manifestación física (cambios de ritmo en la sangre, distribución, sudoración,
etc.).
Pero dejemos
el lenguaje técnico para los que lo esculpen con arte. Retomamos con este
terreno del dolor como muro entre
nosotros y lo que nos produce miedo y tristeza. Obviamente, mi metáfora no
es ingenua: el dolor encubre aspectos de nuestra vida, según la altura de esta pared, nos
permite ignorarlos, hacer de cuenta que no existen, incluso vivir con ese muro recubriendo nuestra existencia hasta autoconvencernos
de que nuestra realidad está entre cuatro paredes. No sé si vale la pena
continuar aquí con enumeración de riesgos de vivir en negación, la negación en
sí no es mala y además los tiempos para enfrentarse a éstas varían en cada
caso. Mi historia de vida (si me permite
mi violenta intromisión, lector) no ha sido generosa conmigo a la hora de darle
la espalda a lo doloroso, por lo que tomaré mi partido pero me reservaré de
llamarlo verdad.
Filtrados los leedores
negadores (qué feo negociar con eso), los que quedamos estamos cara a cara con
el muro del dolor (qué placer huir de la individualidad represora a la libertad
de la amorfa masa). Contienda duras si las hay, enfrentar al dolor es enfrentarse uno mismo contra uno mismo (uno a
uno siempre tuvo mejor marketing, pero no es conveniente, muestra la historia).
Retomando ¿Qué hay detrás de esos
ladrillos? Miedo y tristeza, precisamente. ¿Qué son ese miedo y tristeza?
Tomo la salida pedagógicamente limitada para acercarnos a la respuesta: la
ruptura amorosa suele evocar el miedo a la soledad, la muerte de un ser querido
recuerda la tristeza de la ausencia. No
importa al fin el qué en esta entrada, eso es absolutamente personal, pero recupero
con esto el ver a los ojos del dolor. Pocas
cosas son más humanas que esta sensación y, en su calidad de intermediario, no
debe ser visto como el mal, sino como medio
para un fin. El frente a frente con él es inevitablemente doloroso en sí, pero
también nos acerca a una comprensión más profunda de uno, a la aceptación de
los límites (seguimos con los guiños a otras entradas), a reconocer que lo que tememos efectivamente
es una posibilidad, y como tal, debemos hacer las paces con ella.
El miedo puede
ser tan motivador como traicionero. Por este muchas veces nos apuramos a
concretar ciertas metas: matrimonios, laburos y demás. Justamente es esta prisa
la que naufraga estos objetivos. ¿Hacia dónde voy con esto? Esta situación
viene a conectarse con lo antedicho sobre las posibilidades, puesto que no ver la consecución de un objetivo es no
ver la contracara de un mismo fenómeno y, por lo tanto, elegir voluntariamente
no comprender un aspecto. Poéticamente
hermoso e inspirador son esos perseverantes que se autoconvencen de hacer lo
que quieren como único horizonte, mas, y a riesgo de pecar de cínico, el mundo
siempre nos tiene una frustración esperándonos a la vuelta de la esquina. Creo
que hay en aceptar la posibilidad de no
cumplir un objetivo la oportunidad ver las bondades de ese fracaso, de que
quizás no lo es tal, de evaluar si ese deseo motor es verdaderamente propio. De
ninguna manera hay que resignar nuestra búsqueda, sino aceptar que su fin solo
pone en evidencia nuevas búsquedas.
Y volvemos al
dolor para cerrar. Quizá en mi ecléctico paso por el tema desvirtué su
centralidad en la exposición, pero creo
que mi recorrido, más que por su contenido, sirve de ejemplo para ver todo lo
productivo que hay en preguntarse por el dolor, la cantidad de tela para
cortar. No es fácil, sin duda, nada
quita esa incomodidad insistente que se manifiesta en las formas más varadas e
inoportunas, pero, para nos, los comprensivistas (señores de la RAE,
aceptenmé el término), si hay alguna forma
de acercarnos a la felicidad es a partir de entendernos mejor y, ya que el
dolor es una experiencia inevitable de la vida, nada mejor que convertirlo en
una herramienta para profundizar el autoconocimiento y, así, quizás así, creer cada día más en ese paso que
pretendemos dar hacia ser felices.
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