Normativismo: Tendencia a establecer normas. Nota: la definición original de la RAE agrega la palabra “exagerada” a tendencia. Aquí le daremos un sentido más neutral, buscándole pros y cons.
Ucronía: reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuesto acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder.
Iconoclasia: doctrina de los que rechazan la autoridad de maestros, normas y modelos.
Diciembre es un caos, por
razones que merecen otra entrada, mas no ésta. Hay cierto consenso mayoritario de la catástrofe del cierre del año. Partiendo
de esa idea, cualquier crisis en ese mes se produce casi por lógica. En mi caso
y el de mi entorno al menos sobran los ejemplos de traumas, rupturas
(sentimentales, médicas, económicas y demás yerbas) ocurridas en o
presuntamente, por el efecto diciembre. Y llega enero, repentina paz,
fenómeno explicable por lógica pero inexplicable por sentido común (ojo con
esto último). Es también tiempo de revisión.
Estos hechos
de autoridad cuasi científica trajeron
miles de discusiones con allegados,
pero destaco una en particular,
referida a cómo salir delante después de la frustración de una vacación soñada arruinada por un accidente.
Mi amiga en cuestión, Genuina Belleza (GB de aquí en
más), entre sus reflexiones en clave optimistas de su accidente dejó filtrar un
par de pensamientos que justifican la definición que encabezan esta entrada: “Y si…”. ¿Cuántas veces queremos
reescribir nuestra historia a partir de deseos, frustraciones, aciertos y
desaciertos? GB se
lamentaba por momentos de lo no previsto que dio lugar a su situación
actual, como algo evitable. Revisemos que hay detrás de ese lamento.
Repita alumno:
San Martín cruzó los Andes con un burro muerto de hambre heroicamente a
caballo hasta liberar las Provincias Unidas del Sur. ¿Ya se lo aprendió? ¿Ya lo
da por cierto? ¿Ya vio la estatua del general a caballo? Bueno, San Martín
cruzó los Andes en camilla, por presunta sífils o reuma. Eso es la segunda
definición que da inicio al texto. Esto no es ningún ataque a la autoridad de
San Martín (no huya por favor, lector nacionalista) sino una exposición de cómo
existe en la educación esa convivencia entre lo mítico y lo real, y
ambas son tan importantes en el proceso de construcción (y desconstrucción) de
la historia.
¿Por qué me
fui hasta la cordillera para hablar de GB
y su accidente turístico? Porque así como el país tiene una historia, nosotros tenemos la propia
(colectiva, como amigos, como familia, como individuos, como colegas, como
pareja) y cómo tal está sujeto a
revisionismo histórico, iconoclasia, ucronías, normativismo, elementos interconectados que repercuten
fuertemente en nuestro ánimo, en nuestro encare al siguiente paso, en nuestras
futuras evaluaciones.
Tomemos
entonces estos elementos y veamos cuáles son las “condiciones de uso” y
“efectos adversos”. Iniciemos por el normativismo.
Inevitablemente en la vida, nuestra normalidad conformada por
nuestra rutina nos da ciertas normas: me levanto a X hora, me tomo tal
bondi, como solo verduras, no vuelvo con un ex, jamás negocio con terroristas,
creo en X y no en Y… infinidad de frases hechas, al fin. Es muy difícil concebir una vida sin cierta normalidad (cada uno
decide qué significa eso) y el normativismo genera las condiciones básicas para
ello, pero el problema se origina cuando la norma se vuelve algo externo a uno,
cuando uno asocia el bienestar a la norma y no a la relación que uno estableció
con ella. Para poner un ejemplo simplón pero esclarecedor: si yo fumo “porque
me hace sentir mejor”, el cigarrillo es parte de mi normalidad, es decir, la
norma es “cigarrilo = bienestar”. Difícilmente pueda (o quiera) entonces escapar
de un día para el otro a esa norma, la ruptura no ha de ser fácil. La norma,
creo yo, no debe sostenerse por sí misma, sino por su relación con nuestra
felicidad pensada a futuro, y nuestra vida está plagada de estas, algunas
prácticamente indetectables para nuestra percepción, lo cual nos atormenta más
de lo que creemos.
Esto nos lleva
inevitablemente al revisionismo
histórico y la iconoclasia, dos
elementos no iguales pero relacionados para esta línea de reflexión. Tomemos al fumador que ya nos sirvió de disparador,
ahora habiendo decidido revisar su pasado, hallando que su rutina de nicotina
se originó en algún hecho traumático anterior: pérdida de un familiar, peligro
de integración social entre pares escolares, lo que sea. Esto es un gran
ejercicio, pues se detecta un origen y se empieza a alterar la norma, se requiere cierta iconoclasia, cierto derrumbamiento de la autoridad de algún hecho del pasado. En nuestro ejemplo, el gesto
del cigarrillo ya no se sobrepone al sentido de estar bien sino que se reinterpreta como algo que vino a
tapar un temido fantasma del pasado pero que, como buen ser etéreo,
no pierde su cuasi entidad al ser ignorada (la tendencia es contraria, a cobrar
mayor fuerza).
Aunque bien dije antes, en la otra esquina está el exceso: el
cuestionamiento absoluto del trayecto recorrido, la fortaleza de su equilibrio
presente atada a un insignificante objeto de sustancias adictivas, la
culpabilidad de los actores externos que producen el trauma. Trate de sacar las
piezas de abajo del yenga, verá que
pierde anodinamente frente a su adversario. Esta metáfora banal viene como Sofovich
al yenga para ver que derribar ciertas cosas de su pasado puede tener
consecuencias que, a esa altura del juego, no está en condiciones de afrontar
(lo que no implica que más adelante sí).
Así apareció
la ucronía: si no X situación, no
fumaría… ¿qué decirle, lector? ¿Puede tener certeza de ello? Tenga
cuidado, porque la especulación puede orientar como confundir, no por ello hay que
abandonarla. La pregunta por el “qué hubiese sido” abre una infinidad de
posibilidades que, según el ánimo que lo tiñe al momento, lo pueden convertir
en lo más magnánimo o lo absolutamente paupérrimo. ¿Puede ayudarse de la ucronía? Sí, desde luego: “y pensar que
si me casaba con ella, no te hubiese conocido”, “si seguía laburando en ese
lugar, creo que mataba a alguien”. Use responsablemente.
Ya cerrando
esta extensa reflexión, recapitulo para pensar. Nosotros, cuál nuestro país, tenemos
historia y ésta se cuenta, se recuenta, se revisa, se corrige. Desde
ya que los hechos en nuestra vida, los ya ocurridos, repercuten en nuestro día
a día y así escribimos nuestro relato. Aparecen las herramientas
antemencionadas: ucronías, iconoclasia,
revisionismo histórico, normativismo, ejemplos entre muchos que funcionan
como cualquier arma de doble filo, es decir, sin un uso equilibrado, difícilmente
se llegue a buen puerto. La famosa frase “la historia la escriben los
vencedores” encarna mucho más que una denuncia de sojuzgamiento (denuncia a no
desmerecer en muchos casos). Detrás de este dicho hay una cuestión optimista,
al menos llevada a nuestras historias personales (no tan así en las historias
colectivas), que habla de cómo podemos reescribir nuestro relato en claves más positivas (¿cómo explicar si no los famosos casos de personas que nacen con alguna desventaja económica, física, social pero que llegan al éxito?) . Nuevamente insisto: nuestro pasado tiene hechos pero nuestra
forma de leerlo es la que decide heroizar, matizar, apabullar, condenar, y
nuestra tendencia es a juzgarnos según un humor esquivo de instante, tendiendo
hacia los extremos, como vil escoria o como nobleza pura. No temamos volver a
atrás, a resignificar con piedad, a elevar con mayor sentido crítico, a destilar
de lo aparentemente insalvable. Decía el Doctor Brown (sisí, e viejito de Volver al Futuro) que el futuro no
estaba escrito, yo agrego que el pasado estará hecho, pero lo escribe uno, así
que “háganse uno bueno”.
P.D: GB está muy bien, gracias por preguntar :).
Asdfjaskfdajk MC sos lo mas!! No sólo me hiciste reflexionar y aprender sobre conceptos que hasta el momento desconocía sino que me sacaste una sonrisota y me hiciste quererte más de lo mucho que te quiero!! Gracias por la dedicación personal y a seguir escribiendo!! Te quiero muchisimo!
ResponderEliminar"El pasado", de Jorge Luis Borges
ResponderEliminarTodo era fácil, nos parece ahora,
En el plástico ayer irrevocable:
Sócrates que apurada la cicuta,
Discurre sobre el alma y su camino
Mientras la muerte azul le va subiendo
Desde los pies helados; la implacable
Espada que retumba en la balanza;
Roma, que impone el numeroso hexámetro
Al obstinado mármol de esa lengua
Que manejamos hoy despedazada;
Los piratas de Hengist que atraviesan
A remo el temerario Mar del Norte
Y con las fuertes manos y el coraje
Fundan un reino que será el Imperio;
El rey sajón que ofrece al rey noruego
Los siete pies de tierra y que ejecuta,
Antes que el sol decline, la promesa
En la batalla de hombres; los jinetes
Del desierto, que cubren el Oriente
Y amenazan las cúpulas de Rusia;
Un persa que refiere la primera
De las Mil y Una Noches y no sabe
Que inicia un libro que los largos siglos
De las generaciones ulteriores
No entregarán al silencioso olvido;
Snorri que salva en su perdida Thule,
A la luz de crepúsculos morosos
O en la noche propicia a la memoria,
Las letras y los dioses de Germania;
El joven Schopenhauer, que descubre
El plano general del universo;
Whitman, que en una redacción de Brooklin,
Entre el olor a tinta y a tabaco,
Toma y no dice a nadie la infinita
Resolución de ser todos los hombres
Y de escribir un libro que sea todos;
Arredondo, que mata a Idiarte Borda
En la mañana de Montevideo
Y se da a la justicia declarando
Que ha obrado solo y que no tiene cómplices;
El soldado que muere en Normandía,
El soldado que muere en Galilea.
Esas cosas pudieron no haber sido.
Casi no fueron. Las imaginamos
En un fatal ayer inevitable.
No hay otro tiempo que el ahora, este ápice
Del ya será y del fue, de aquel instante
En que la gota cae en la clepsidra.
El ilusorio ayer es un recinto
De figuras inmóviles de cera
O de reminiscencias literarias
Que el tiempo irá perdiendo en sus espejos.
Erico el Rojo, Carlos Doce, Breno
Y esa tarde inasible que fue tuya
Son en su eternidad, no en la memoria.