miércoles, 29 de enero de 2014

Y juzgue, y juzgue, no deje de juzgar: sobre el inexorable prejuicio y su redención si se somete a juicio



Juicio: Opinión, parecer o dictamen.
Prejuicio: Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.

Lo digo sin tapujos: todos juzgamos. El prejuicio se inserta incisivamente en nuestra vida y nos lleva a ver al mundo de determinadas formas prefiguradas o estéreotipos. Inevitablemente formamos una opinión cerrada sobre cada persona que conocemos, al instante del encuentro y con meros segundos de contacto. Pero, y como acostumbro en estos lares, trataré de darle la pluridimensionalidad correspondiente al término para sacarlo de su yugo negativo monocorde y demostraré que el hábito no hace al monje cuando hablamos de una persona con prejuicios.
Será mejor, de todos modos, retroceder unos pasos y aproximarnos un poco más desprejuiciadamente al concepto de juicio y prejuicio (ah, las paradojas del lenguaje).  Siempre insisto con la idea de ordenar al mundo para poder entenderlo. La inteligencia, el arte, el lenguaje son todos dispositivos que sirven para ello. Los juicios claramente no se quedan atrás: al ser opiniones, pareceres o dictámenes, forman determinadas ideas sobre temas específicos, así la próxima vez que uno se halle en dicha situación, ya no le resultará  extraña. De niños nos ocurre todo el tiempo: “Mamá ¿qué es eso?”, preguntamos confundidos ante la silla; la aparición de una palabra que pueda nominarlo y así acercarnos a él resulta reconfortante. De grandes, nuestras inquietudes se vuelven complejas y requerimos formación escolar, académica, moral, religiosa, etc. lo cual nos aproxima a la realidad de muchas maneras (a la vez que nos aleja en otras). Dos frases resumen estas afirmaciones, ambas de Charles Sanders Peirce, semiólogo torturador de estudiantes. Este autor afirma que el conocimiento es como una luz que al proyectarse sobre algo desconocido lo ilumina pero produciendo nuevas sombras.
La otra cita que resulta pertinente es absolutamente efectista, digna de twitter: uno piensa para no pensar. Esa economía de caracteres resume la idea de juicio que se forma y da pie al previo, al disponible para la próxima vez, o prejuicio. Ahora, nótese como en las definiciones que inauguran la entrada se da un desfasaje interesante: entre juicio y prejuicio hay un juicio, es decir, el segundo es más que la formación previa o prexistente del primero sino que se tiñe de negatividad con esto de “en general desfavorable”. La acepción da poco lugar a la positividad del término pero asoma una pequeña hilacha para descocer ese prejuicio sobre prejuicio (tuvieron el tino de atajarse con el “generalmente” al fin y al cabo ¿no?).
El problema que se plantea es que, y aquí retrucamos la explicación de diccionario, vale diferenciar el “conocer mal” del “desconocer”. Algo que no podemos evitar al momento del acto cognitivo, tomando una persona para el caso, es descomponerlo en características: color de pelo/piel/ojos, vestimenta, maneras, vocabulario, etc. Esto no es otra cosa que el pensamiento (o la carencia del mismo) tratando de hacer inteligible algo novedoso como lo es un extraño. Tomare el recaudo de los límites de la conciencia para afirmar que generalmente todos realizamos este acto y no necesariamente en desmedro de nuestro interlocutor. ¿O no puede uno acaso tener el prejuicio de que todo ser que se le acerque, no importa el credo, raza u opinión precisa de su asistencia de alguna manera? ¿No es esto un parecer previo basado en un desconocimiento del otro? Estamos entonces en una fisura del término prejuicio, materializada en la diferencia entre lo mal comprendido y lo no comprendido. Y hablando de no saber, desconozco si hay un término apropiado para esta diferencia (sospecha del vació legal lingüístico pero debo saberme ignorante de tanto en tanto). Como sea, se ilumina así la conflictividad al seno de la palabra, tanto en su definición como en su uso en sentido común, quizás debates más atinentes a la RAE misma que a este espacio.
Ahora que entendemos que dentro de las disonancias no deja de haber acorde y armonía, volvamos a la cotidianeidad de la lengua en uso que es lo que realmente nos trae problemas a la hora de prejuzgar. Me llaman muchas señoras preocupadas al grito de: “Ay, no puedo para de prejuzgar”, cortando de sopetón (maestro Atípico Docto, buenas tardes para usted). Tenemos entonces ese problema, no podemos evitar el prejuicio, porque el mundo nos requiere siempre despiertos, atentos, detección inmediata. La diferencia que podemos hacer al respecto es no actuar sobre el mismo, advertirnos prontamente que nuestro cerebro actúa así y como tal, merece revisión.
Y habilitamos así una cara poco asociada al prejuicio: la naturalización. Prima hermana de la generalización, pareciera que no necesita mucha presentación, sin embargo es el pariente olvidado de la familia. Hemos naturalizado la naturalización misma y, con ella, muchas cosas en nuestra vida: jorandas de trabajo de ocho horas, cuatro comidas por día, escuela, estudio (nuevamente juego la carta del privilegio de mi posición). Inevitablemente naturalizamos, pues es el orden básico que precisamos para construir (remito a la segunda entrada del blog para profundizar algo más en este tema). El problema está cuando olvidamos que la naturalización es el borramiento del artificio y su artífice, dicho de otra manera, el estar en un sistema pergeñado atravesado por intereses ulteriores no necesariamente positivos o negativos para los escépticos, sino perniciosos para algunos y beneficioso para otros. Creemos que al nacer en algo no hay alternativa o, peor, es lo que debe ser y nos encontramos sosteniendo posturas por sí mismas y no por su relación con nuestro bienestar, propio y colectivo. Ahí es cuando un prejuicio se vuelve norma y no tenemos la opción de actuar opuesto a ello. Creemos que el rechazo es lo natural, no lo adquirido y optamos por un supuesto sentimiento situado silenciosamente sobre nuestros inconscientes. Notable ejemplo escatológico pero que con decoro redondeará el concepto: nuestra relación con nuestros desechos no es de asco en principio, mientras que nos repiten hasta el hartazgo que el olor  es displicente. Un día nos despertamos para entender que oler tal cosa es desagradable y olvidamos su génesis, momento en que se asienta una creencia, la de asociar lo desagradable con un aroma. No se me tome por coprófago, entiéndase lo gráfico para  explicar un proceso de naturalización y no como un camino de entrada al club de la coprofilia. La fuerza del ejemplo está en que la naturalización, como todo lo que ocurre en mis textos aparentemente, tiene neutralidad hasta que se demuestra lo contrario desde el buen pensamiento crítico.
Y volvemos al inicio: todos juzgamos. Mas ahora el recorrido nos demuestra que podemos ser más fuertes que él y no dejarnos dominar. Podemos encontrar detrás de la incomodidad (como en el dolor) razones por las cuales juzgamos como lo hacemos y evaluar de allí si efectivamente vale la pena actuar en base a ese prejuicio. Puede que lo hagamos, puede que no, pero factor fundamental, no requerimos de la asistencia de verdades absolutistas (tachame la doble) para justificar lo que no queremos validar por nuestra propia voluntad, no legitimada por años de años de naturalización acrítica sostenida por tal. En criollo, NOS HACEMOS CARGO.


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