Coherencia: conexión, relación o unión de unas cosas con otras. Actitud lógica y consecuente con una posición anterior.Contradicción: Afirmación y negación que se oponen una a otra y recíprocamente se destruyen.
Un hombre de voz cascada, apariencia demacrada, escupiendo humo no sin esfuerzo y esgrimiendo entre sus dedos la causa de su descripción se acerca a un grupo de niños/adolescentes en el acto de prender un cigarrillo. Con austeridad les advierte: “fumar hace mal”. Los chicos apenas se dan por aludidos por la misiva, no tolerarán semejante incoherencia por parte de otro ser humano.
Este
ejemplo, apenas ilustrativo, da cuenta de un valor que noto fundamental en más de una generación: el de la
coherencia. Y, como antivalor
respectivo, la contradicción. Erigimos
ídolos maravillosos de artistas, políticos, incluso cercanos y los alabamos e
imitamos hasta el detalle. Mas una inconsistencia entre su pregón y sus actos
derrumban años y años de heroísmo, que pasa a ser desgracia, blasfemia, anti
ejemplo. Hoy nos abocaremos entonces a repensar un poco esta iconoclasia
(me remito a la primera entrada para este concepto) para hallar lo rescatable de un edificio en escombros que alguna vez
sostuvo algo preciado y apreciable aún.
Desde tiempos inmemoriales,
principalmente religiosos, una enseñanza
más que interesante que se nos ha impartido es la de predicar con el ejemplo. No tengo mucho reparo en dicha
instrucción, puesto que francamente expresa
una síntesis delicada y excepcional de pensamiento y prácticas. Esta distinción es fundamental para nuestra
vida: siempre referimos a una realidad, una serie de hechos que ocurren y
nuestra acción como mediadora entre ese mundo de sucesos y nuestros
pensamientos. La linealidad entre ambos es mucho más compleja de lo que uno
podría llegar a creer, puesto que se nos interponen muchos más elementos a este
trayecto: voluntades ajenas contrapuestas, deseos que chocan con nuestro
pensamiento (¿tentaciones?),
imprevistos, en fin, cuanta piedra en el zapato en el camino hacia la
coherencia. Queda claro que ésta
entonces requiere un trabajo minucioso, con mucha atención a todos los aspectos
de nuestra cotidianeidad, dado que es muy común lograr la coherencia en
determinado aspecto en un ámbito, pero sostenerlo en todos, si es lo que se
desea, es todo un desafío. Para esclarecer esto último: si una persona
siente tener una personalidad mandamás en su hogar con su familia, puede que
logre neutralizarlo en ese aspecto, sin advertir que en su trabajo funciona de
la misma manera.
Este
ejemplo resulta pertinente en la medida en que plantea un dilema. Tenemos, por un lado, una actitud ambigua de esta persona
que no logra acabar con su prepotencia en todos los aspectos de su vida. Nos
encontramos, a prima facie, con una contradicción, una afirmación para con
nosotros que se niega en nuestra conducta. Ahora, y como factor discordante
¿qué ocurre si esta persona no desea
controlar su actitud en el trabajo, la cual ve como una fortaleza laboral?
¿Estamos en presencia de una contradicción? No para este personaje, al
menos. Si se ve a sí mismo como en línea entre su pensamiento y acción, no le
revestirá problema alguno. Pero podemos caldear esta situación, sumando al
tercero, pongamos por caso, empleado de dicha persona, que percibe el
sojuzgamiento diario en la oficina, pero logra ver una imagen de esta familia
(en uno de esos pomposos días de campo del trabajo, ya que estamos) y detecta
la ausencia de ese característica que tanto lo atormenta en su laburo, por lo
cual percibe contradicción. El extenso ejemplo da cuenta entonces algo fundamental de la conciencia de la
coherencia y la contradicción. Se entiende que éste es un valor notoriamente externo, de apreciación objetiva (que
excede a uno, no que es siempre así), he ahí el porqué de la importancia del
ejemplo.
Pues
bien, sabemos que la coherencia es un valor muy fuerte que gran parte de este
se da por su externalidad, al poder verlo, sentirlo, notarlo en el otro. Retomo
entonces el ejemplo inicial: el
fumador empedernido aleccionando a los anodinos jóvenes que desprecian el
consejo. ¿No tiene razón de todos modos
el fumador? ¿En todo caso, no resulta hasta un ejemplo de lo que predica, por
más que no lo tome como valor de sus actos? Todos los días, a toda hora,
formamos opinión sobre lo que nos rodea. Damos origen a nuestros prejuicios,
tema ya abordado anteriormente, y uno de
estos, de los más profundamente arraigados, es el de que no podemos aprender nada de quién
no acordamos ni la hora, de quien no predica con coherencia, de quien no vive
lo que dice sentir. Qué decirle,
querido lector…es muy fácil quedarnos en la comodidad de nuestras burbujas,
admirando a esos prohombres que no existen, que son construcciones que uno se
ha hecho por lo que cuesta encontrarles la hilacha, pero ésta está, lista para descocer toda una trayectoria (por más
que haya gente capaz de vivir en la coherencia).
Esto
no es otra cosa que un personalismo, uno
de los vicios que muchas veces se la
atribuyen a la política. El problema
no está en adorar a un héroe apócrifo, nada hay de malo en que exista el afecto
hacia una figura de autoridad puesto que en nuestra sociedad paternalista es
inevitable ese lazo prácticamente, porque el afecto se cuela en todos los
aspectos de nuestra vida. El problema, en lo político al menos y en buena
medida para nuestro seres queridos (con los padres, pareja y amigos ocurre
siempre, la desilusión), es en anteponer
a la persona por sobre las ideas, creyendo que la “encarnación de un valor”
(como supondría el idolatrante que es esta persona) es el valor en sí. Volvemos a la entrada antepasada, la sinécdoque, el
gesto que se sobrepone al verdadero valor y perdemos la noción de qué es lo que
admiramos, si a una persona o lo que esta representa. La maravilla de ver el
fondo y no la figura es que una idea no se acaba con una muerte. El problema es
reconocer una contradicción como la muerte de un valor, suceso muy común,
particularmente en la historia de nuestro país.
Nos cuesta mucho disociar ideas de
personas, tarea por demás difícil. Entonces cerremos esta reflexión con un par de preguntas rectoras. En primer
lugar ¿es bueno aspirar a la coherencia entre lo que pensamos y lo que hacemos?
Sin duda. Pero siendo esto un valor externo, es decir, para los demás ante todo
y por ello, de lo demás a nosotros ¿tenemos que aprender únicamente del que lo
logra? Para nada. No perdamos jamás como generación ese valor, el de la
coherencia, pero entendamos que nada más humano que la contradicción que todos
somos víctimas de ella y que, mientras no lo usemos de excusa, todos somos
suceptibles de ella. Ahora sí, hagamos este ejercicio, escuchemos a quien no
nos inspira admiración, a quienes tenemos totalmente negados, a quienes hemos
decidido rechazar. Probemos partir de qué podemos tener en común, no de lo que
no coincide, que a esta altura es harto sabido, y veamos qué ocurre en ello.
Para entender un mensaje hay que entender a su emisor, no pienso desmerecer esa
pseudo-máxima comunicacional, pero si podes sacar de contexto un mensaje para
mal, como se acostumbra tanto en los medios ¿por qué no aprendemos a sacarlo de
contexto para bien, es decir, más allá de quién viene? La coherencia debe
seguir siendo un valor, pero que no se convierta en la excusa para no aprender
del otro.
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