martes, 11 de febrero de 2014

Identidad: hágala usted mismo





Identidad: Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás. Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás. Hecho de ser alguien o algo el mismo que se supone o se busca.
Estereotipo: Imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable.

                La identidad es una de las preguntas fundamentales de la vida. Expresa o implícita, todos nos hallamos en la vorágine de la construcción de una imagen que nos identifica, es decir, que sentimos que replica lo que sentimos por dentro, intelectual y emocionalmente, como propio con la cual queremos que nos entiendan los demás, es decir, es algo interno y externo. Pero nada de este proceso es ex nihilo: viviendo en sociedad, sobran la cantidad de modelos de la más diversa índole, a la vez que la representación de muchas identidades no alcanza una versión colectiva pasible de ser comprendida por cualquier hijo de vecino. Hoy entonces evaluaremos un poco cómo es este proceso, qué influencias positivas y negativas tiene la sociedad en ello y pregonaremos a partir de esto por una originalidad en la mezcla de caracteres.
                Me detengo primero en una palabra que ya es moneda corriente en estas reflexiones: construcción. En efecto, la identidad lo es tal, no es algo dado sino algo que adquiere sentido acorde a su interacción con el mundo. Existen rasgos comunes que orientan a determinadas identidades, pero su interpretación no es unívoca sino dada por el contexto que la acoge. Así, en un país de población caucásica, la tez oscura puede ser motivo de asombro como de miedo, mientras que en tierras de preponderancia trigueña, el extraño es el pálido. La complejidad de nuestras culturas y economías fue montando nuevos parámetros de construcción que dividieron al mundo en clases, minorías, incluso aptos y no aptos para la vida entre civiles. La construcción de la locura, tema fetiche de Michel Foucault, supone la distinción entre los que deben ser incluidos y los que deben desterrarse de la sociedad, idealmente para su reinserción posterior, y aun así, esta diferencia admite mucha más divergencia. Triste ejemplo es el de llamar loco al pordiosero en desvarío mientras que el millonario de gustos extravagantes es un divertido excéntrico.
                Sea como fuere, la identidad se compone por distintos aspectos, de índole interno y externo que uno en correlación con la sociedad pondera como tales. ¿Cómo sabemos qué se eleva como identitario? La cantidad de modelos que se erigen desde nuestro hogar hasta en las calles. Los padres, la escuela, los medios, la ficción, todos postran identidades que replican de generaciones anteriores, de lecturas de actores sociales, etc. La publicidad es uno de los más comunes faros del deber ser, perniciosamente en muchos casos, estableciendo ante todo parámetros estéticos mediante la contratación de modelos que obedecen a una belleza bastante estandarizada. La estética es un campo de batalla feroz en este aspecto. Como sea, los ejemplos para la construcción de identidad se cuelan en todos los rincones de nuestra cotidianeidad, hasta en los chistes, ironizando con aspectos de determinadas identidades. ¿De dónde repetimos hasta el hartazgo el desprecio por la inteligencia de las blondas? Los modelos no son otra cosa que estereotipos, palabras estigmatizadas por más naturalizado que este pensar desde ellos.
                Maticemos por lo pronto esa oscura palabra que acabamos de soltar. El estereotipo sufre de connotación negativa, asociada al previamente desarrollado concepto de los modelos homogeneizantes como los de la publicidad. La realidad es que la sociedad ha funcionado históricamente desde la homogeneización de sus integrantes. Partamos de la base de que la igualdad es un mero sinónimo del anterior. La escuela nos iguala, en pos de un bien (al menos idealmente) enseñándonos a leer y escribir. Pero, y como señala oportunamente el INADI, somos todos iguales pero diferentes. El problema surge cuando una identidad divergente no es reconocida como tal. En nuestros estados modernos, la falta de figuras legales y culturales que avalen esa identidad esfuma la existencia del diferente. Para volver visible lo invisible entonces hace falta promover legislación y modelos de aceptación de la misma. Hasta ahora parece que me refiero a grandes causas, minorías étnicas, religiosas, sexuales, etc. pero la verdad es que, si bien éstas son pasibles de explicarse por estos términos, nuestra cotidianeidad también puede serlo y esto no se acostumbra. Así, la irrupción de modas, tendencias, estilos proporcionan estos modelos que muchas veces acaban por ser imitados al detalle. No es casual el paso de la pubertad que hace que el joven tienda a quebrar su admiración paternal, modelo desde ese momento anticuado, para identificarse en tribus urbanas, grupos escolares, barriales (¿muy siglo XX?), de clubes, bandas, etc. No es casualidad el nombre de la etapa: la adolescencia, el que carece de sustancia. Visto así, no se asuste si su hijo se viste de negro y se maquilla alla dark, señora, está buscando su identidad.
                De esto entendemos el gran problema de la identidad y la masividad mediática: reproducción de mensajes repetitivos y simplificados, obedeciendo a una lógica de espectador=$ que requiere abreviar para maximizar. Entonces aparecen esas ideas aceptadas comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable. Esa falta de cambio obedece a la repetición, que acaba por convertirse en ese normativismo estanco que tanto combato. De allí nacen, oh, casualidad, los anteriormente tratados prejuicios, cuya formulación no se recrimina pero sí el actuar ciegamente sobre ellos (véase más al respecto en la entrada correspondiente). Sea como fuere, la identidad se basa entonces en estos estereotipos y como tal, tendemos a pretender la identificación plena como sinónimo de satisfacción indentitaria (estar bien con quien es uno). El problema en realidad no pasa por gente adoptando un modelo en plenitud (tampoco es lo más sano, se entiende). La discordia se genera por nuestra tendencia a interpretar al mundo a partir de esos modelos. Existe una propensión a frenar la diversidad en una persona, manifestada principalmente en lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu denominaba “llamado al orden”. Esto es, en criollo, el marcarle algo a un amigo/pariente/pareja/vecino cuando se sale de una actitud a la que uno está habituado. Entonces no dejamos al borracho alegre deprimirse, no dejamos que nuestros padres no tengan una respuesta para nuestras millones de preguntas, causándonos sufrimiento y no le permitimos a nuestra pareja quejarse de algo que siempre hicimos. Hay una mutua alimentación entre el fenómeno de identificación cuasi plena con un modelo y la necesidad de verlos en funcionamiento, pero ambos elementos desconocen la pluridimensionalidad del individuo y su capacidad de cambio.
                Entonces, y ahora en el plano personal ¿cómo construimos nuestra identidad ante la homogeneidad gris y heterogeneidad caótica? Entendamos primero que ésta no es inmanente, que no se nace con tal sino que se debe corresponder con nuestra comodidad, con la inserción que tenemos con nuestra realidad. Pero no hay que temer a la contestación, a ignorar esos llamados al orden, a identificarse con algunos aspectos y no con otros. Los modelos son para eso: para tenerlos presentes, consultarlos, evaluarlos, extraer de ellos lo que presta un sentimiento de bienestar. Y no hay que temer a la contestación, a ignorar el llamamiento al orden del entorno si nuestra posición ante este es de incomodidad. Dijimos que los modelos existentes son verosímiles sociales, algo conocido y digno de serlo, por su repetición, por su abordaje mediático, legal, cultural. A veces nos toca encabezar un verosímil, quizá a nivel de nuestras amistades (no todo es la revolución, lector), y la comprensión del entorno, si bien puede resistirse en principio, en general llegara si el vínculo es verdaderamente afectivo y no utilitario. No tema preguntarse quién es, evalúe qué modelos sigue y en qué medida, fíjese en qué puede ser un estereotipo y no por ello abandonar sus conductas. Sea su termómetro, que rija su felicidad.

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