Identidad: Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás. Conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás. Hecho de ser alguien o algo el mismo que se supone o se busca.
Estereotipo: Imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable.
La identidad es una de las preguntas
fundamentales de la vida. Expresa o
implícita, todos nos hallamos en la vorágine de la construcción de una imagen
que nos identifica, es decir, que sentimos que replica lo que sentimos por
dentro, intelectual y emocionalmente, como propio con la cual queremos que nos
entiendan los demás, es decir, es algo interno y externo. Pero nada de este
proceso es ex nihilo: viviendo en
sociedad, sobran la cantidad de modelos de la más diversa índole, a la vez que
la representación de muchas identidades no alcanza una versión colectiva
pasible de ser comprendida por cualquier hijo de vecino. Hoy entonces evaluaremos un poco cómo es
este proceso, qué influencias positivas y negativas tiene la sociedad en ello y
pregonaremos a partir de esto por una originalidad en la mezcla de caracteres.
Me
detengo primero en una palabra que ya es moneda corriente en estas reflexiones:
construcción. En efecto, la identidad lo es tal, no es algo dado sino algo que adquiere
sentido acorde a su interacción con el mundo. Existen rasgos comunes que orientan a determinadas identidades,
pero su interpretación no es unívoca
sino dada por el contexto que la acoge.
Así, en un país de población caucásica, la tez oscura puede ser motivo de asombro
como de miedo, mientras que en tierras de preponderancia trigueña, el extraño
es el pálido. La complejidad de nuestras culturas y economías fue montando
nuevos parámetros de construcción que
dividieron al mundo en clases, minorías, incluso aptos y no aptos para la vida
entre civiles. La construcción de la
locura, tema fetiche de Michel Foucault, supone la distinción entre los que
deben ser incluidos y los que deben desterrarse de la sociedad, idealmente para
su reinserción posterior, y aun así, esta diferencia admite mucha más
divergencia. Triste ejemplo es el de llamar loco al pordiosero en desvarío
mientras que el millonario de gustos extravagantes es un divertido excéntrico.
Sea
como fuere, la identidad se compone por
distintos aspectos, de índole interno y externo que uno en correlación con la
sociedad pondera como tales. ¿Cómo
sabemos qué se eleva como identitario? La cantidad de modelos que se erigen
desde nuestro hogar hasta en las calles. Los padres, la escuela, los
medios, la ficción, todos postran identidades que replican de generaciones
anteriores, de lecturas de actores sociales, etc. La publicidad es uno de los
más comunes faros del deber ser, perniciosamente en muchos casos, estableciendo
ante todo parámetros estéticos mediante la contratación de modelos que obedecen
a una belleza bastante estandarizada. La
estética es un campo de batalla feroz en este aspecto. Como sea, los ejemplos para la construcción de
identidad se cuelan en todos los rincones de nuestra cotidianeidad, hasta
en los chistes, ironizando con aspectos de determinadas identidades. ¿De dónde
repetimos hasta el hartazgo el desprecio por la inteligencia de las blondas? Los modelos no son otra cosa que
estereotipos, palabras estigmatizadas por más naturalizado que este pensar
desde ellos.
Maticemos por lo pronto esa oscura palabra
que acabamos de soltar. El
estereotipo sufre de connotación negativa, asociada al previamente desarrollado
concepto de los modelos homogeneizantes como los de la publicidad. La realidad
es que la sociedad ha funcionado históricamente desde la homogeneización de sus
integrantes. Partamos de la base de que la igualdad es un mero sinónimo del
anterior. La escuela nos iguala, en pos de un bien (al menos idealmente) enseñándonos
a leer y escribir. Pero, y como señala oportunamente el INADI, somos todos iguales pero diferentes. El
problema surge cuando una identidad divergente no es reconocida como tal. En
nuestros estados modernos, la falta de figuras legales y culturales que avalen
esa identidad esfuma la existencia del diferente. Para volver visible lo
invisible entonces hace falta promover legislación y modelos de aceptación de
la misma. Hasta ahora parece que me refiero a grandes causas, minorías étnicas,
religiosas, sexuales, etc. pero la verdad es que, si bien éstas son pasibles de
explicarse por estos términos, nuestra cotidianeidad también puede serlo y esto
no se acostumbra. Así, la irrupción de modas, tendencias, estilos proporcionan
estos modelos que muchas veces acaban por ser imitados al detalle. No es
casual el paso de la pubertad que hace que el joven tienda a quebrar su
admiración paternal, modelo desde ese momento anticuado, para identificarse en
tribus urbanas, grupos escolares, barriales (¿muy siglo XX?), de clubes,
bandas, etc. No es casualidad el nombre de la etapa: la adolescencia, el que carece de sustancia. Visto así, no se
asuste si su hijo se viste de negro y se maquilla alla dark, señora, está buscando su identidad.
De
esto entendemos el gran problema de la
identidad y la masividad mediática: reproducción de mensajes repetitivos y
simplificados, obedeciendo a una lógica de espectador=$ que requiere abreviar
para maximizar. Entonces aparecen esas ideas aceptadas comúnmente por un grupo
o sociedad con carácter inmutable. Esa falta de cambio obedece a la repetición,
que acaba por convertirse en ese normativismo estanco que tanto combato. De
allí nacen, oh, casualidad, los anteriormente tratados prejuicios, cuya
formulación no se recrimina pero sí el actuar ciegamente sobre ellos (véase más
al respecto en la entrada correspondiente). Sea como fuere, la identidad se
basa entonces en estos estereotipos y como tal, tendemos a pretender la
identificación plena como sinónimo de satisfacción indentitaria (estar bien con
quien es uno). El problema en realidad
no pasa por gente adoptando un modelo en plenitud (tampoco es lo más sano, se
entiende). La discordia se genera por
nuestra tendencia a interpretar al mundo a partir de esos modelos. Existe una
propensión a frenar la diversidad en una persona, manifestada principalmente en
lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu denominaba “llamado al orden”.
Esto es, en criollo, el marcarle algo a
un amigo/pariente/pareja/vecino cuando se sale de una actitud a la que uno está
habituado. Entonces no dejamos al borracho alegre deprimirse, no dejamos que
nuestros padres no tengan una respuesta para nuestras millones de preguntas,
causándonos sufrimiento y no le permitimos a nuestra pareja quejarse de algo
que siempre hicimos. Hay una mutua
alimentación entre el fenómeno de identificación cuasi plena con un modelo y la
necesidad de verlos en funcionamiento, pero ambos elementos desconocen la
pluridimensionalidad del individuo y su capacidad de cambio.
Entonces, y ahora en el plano personal ¿cómo construimos nuestra identidad ante la
homogeneidad gris y heterogeneidad caótica? Entendamos primero que ésta
no es inmanente, que no se nace con tal sino que se debe corresponder con
nuestra comodidad, con la inserción que tenemos con nuestra realidad. Pero no
hay que temer a la contestación, a ignorar esos llamados al orden, a
identificarse con algunos aspectos y no con otros. Los modelos son para eso:
para tenerlos presentes, consultarlos, evaluarlos, extraer de ellos lo que
presta un sentimiento de bienestar. Y no hay que temer a la contestación, a
ignorar el llamamiento al orden del entorno si nuestra posición ante este es de
incomodidad. Dijimos que los modelos existentes son verosímiles sociales, algo
conocido y digno de serlo, por su repetición, por su abordaje mediático, legal,
cultural. A veces nos toca encabezar un verosímil, quizá a nivel de nuestras
amistades (no todo es la revolución, lector), y la comprensión del entorno, si
bien puede resistirse en principio, en general llegara si el vínculo es
verdaderamente afectivo y no utilitario. No tema preguntarse quién es, evalúe
qué modelos sigue y en qué medida, fíjese en qué puede ser un estereotipo y no
por ello abandonar sus conductas. Sea su termómetro, que rija su felicidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario