viernes, 7 de febrero de 2014

Experiencia, sabiduría y madurez: ni sinónimos ni íntimos, mas armónicos



Experiencia: Hecho de haber sentido, conocido o presenciado alguien algo. Práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo.Conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias o situaciones vividas. Circunstancia o acontecimiento vivido por una persona.. Experimento.
Sabiduría: Grado más alto del conocimiento. Conducta prudente en la vida o en los negocios. Conocimiento profundo en ciencias, letras o artes.
Madurez: Buen juicio o prudencia, sensatez. Edad de la persona que ha alcanzado su plenitud vital y aún no ha llegado a la vejez.

                Me confieso: soy joven. Llevo pocos año en este paso por el mundo (espero, al menos) y como tal, dada mis condiciones únicas a mí, he vivido determinadas experiencias y no otras. Quién sabe qué me queda por vivir y qué no, el punto es que, con lo que tengo, he producido determinada forma de encarar la realidad, privilegiada y a la vez sesgada por mis vivencias.  Pero estoy hablando de mí mismo cuando vivo irremediablemente (y por suerte) en sociedad, por lo que me cruzo con personas de abismales diferencias en cuanto a lo vivido y no tanto, y, sobre todo, distinto en sus circunstancias o no, gente que se creado sus propios filtros de lectura para entender este mundo, filtros que muchas veces difieren de los míos. Más aún, gente con más veinte abriles que yo, que ha, quizás en sus palabras, “tiene más experiencia”, intuyendo en este discurso cierta autoridad en cuanto  a lo que refiere esta frase. Hoy revisemos tal cuestión, puesto que en silencio resulta un normativismo un tanto anticuado que debería a mi parecer mutar un poco.
                Pero arranquemos por el concepto vertebrador de esta reflexión: la madurez. Metáfora hortícola, ésta supone alcanzar algún tipo de climax o punto máximo respecto de su vida, en el caso frutal, posiblemente su vida útil en realidad. Para el humano no dista mucho esta definición, al menos no según lo que afirma la RAE, hablando de una plenitud vital. Cabe preguntarse entonces ¿cómo se llega a esta? A partir de la acumulación de experiencias, tradicionalmente, esto de haber vivido algo. El trayecto sugerido es entonces el de alcanzar la madurez a partir de una meta que es la sabiduría, un estado de conocimiento producto de este proceso, caracterizado por la prudencia, la meditación de nuestros actos y acciones y el comportamiento más amable a las situaciones que se nos presenta. Intachable, la alfombra roja al éxito esta tendida.
                Pero, y ya es hora de la polémica, debemos recordar algo fundamental. Esta línea de razonamiento previamente anunciada sugiere una suerte de camino unívoco a la madurez, cualidad detractada  desde mis primeros textos. En efecto, no se puede concebir madurez sin experiencia, pero sí puede haber experiencia sin madurez. La diferencia fundamental se traza en el cómo de la experiencia. Tenemos algunas convenciones culturales de lo que son sucesos trascendentes en la vida humana: la pérdida de un ser querido, el nacimiento de otro, una relación, muchos elementos que se van sofisticando en base a nuestra posición social, nuestra educación, nuestras condiciones de vida. En nuestro caso, con todas las ventajas que tenemos, la entrada al colegio, las graduaciones sucesivas son todos mojones que marcan etapas en nuestra camina y guían cierto camino hacia una madurez, al menos en espíritu. Sin embargo, está claro que el elemento central que viene divergir esta senda hacia la plenitud vital es el elemento individual de cada uno, la subjetividad encargada de vivenciar la experiencia, filtrado por sus anteriores. La relación que se produce entre nosotros y la nueva experimentación debe suponer algún tipo de aprendizaje, que hayamos sido capaces de darle algún valor a eso. El aprender tiene esa maravillosa característica de aumentar no por lo cuantitativo (no es que la cantidad no influya) sino que crece cualitativamente, se perfecciona, se sensibiliza, se afina su percepción.
                Ahora bien, un interrogante no viene solo sino que abre bifurcaciones. Ocurre aquí que cada quien valúa sus experiencias de acuerdo a los propias por lo que el aprendizaje no necesariamente es el mismo. Sin embargo, existe una tendencia, marcada principalmente (pero no exclusivamente) por la edad, que nos lleva a mirar a la juventud con ojos de instructor (natural  y lógico siendo la familia el centro de la sociedad) y a marcar determinadas conductas. Aquí hay un intríngulis delicado. No crea, lector, que quiero desacreditar la experiencia de la gente mayor, al contrario, no guardo más que profundo respeto por una persona que ha sabido elaborar su conocimiento a partir de lo vivido y, en el mejor de los casos, lo comparten con uno con mucho respeto, una verdadera virtud. El problema es otro: vivimos en un mundo cuya única constante, las experiencias de gente de tan solo 5 años de diferencia (y menos también) difieren enormemente de su menor, y obviamente se ensancha con la edad. No toda categoría aprendida de experiencias mayores debe ser descartada, pero una revisión al menos, a los ojos de la nueva generación. Esto no acarrea la desaparición de la misma, si para uno funciona y bien no tiene por qué extinguirse, pero no podemos aducir su lisa y llana trasposición a la juventud sin efectos secundarios y sin un bienestar garantizado. Las recetas para la vida nunca funcionan, pregúntenle al FMI si no…
                Entendemos ahora lo complejo de la madurez, de que no se trata de una consecuencia lógica de la experiencia por más que solemos (me incluyo) caer en ese prejuicio, y formamos categorías con lo vivido que a veces se interponen el aprendizaje de los jóvenes (aquí también me incluyo, como joven y como obstáculo) dificultando el poder decisión de los que efectivamente son futuros dueños de un mundo que les heredamos/nos heredan en pésimo estado. De todos modos nos queda una cuestión central: el paso de la madurez a la sabiduría. Idealmente, usamos nuestro tiempo (guiño guiño entrada anterior) para este tipo de aprendizajes, sumados los que escapan nuestra voluntad (la pérdida de un ser querido, por ejemplo). Dije que la madurez no admite univocidad pero puedo arriesgar un par de criterios para la tranquilidad del lector y su búsqueda propia. Primero y principal, creo yo que es plurívoco en el sentido de poder señalar varios tipos de la misma: la intelectual, la afectiva, la interpersonal, tipos que pueden descomponerse acorde a la vida que uno desea vivir. Empieza entonces a esclarecerse la cuestión: un padre de familia tipo, por caso, puede aspirar a una madurez paternal, laboral, de pareja, etc. El punto de máxima vitalidad se transforma en un elemento más personal y que permite el innegable cambio, puesto que es una sensación de plenitud la que se vive, no una plenitud que se alcanza.
El lector despierto clamará que esto sigue siendo difuso, que no hay un claro objetivo al cual perseguir en pos de una madurez después de mi texto y que no admito interacción prácticamente porque rechazo a los mayores. No se ofusque, amigo leedor, prometo un puerto seguro para anclar esta reflexión. La sabiduría si reviste términos más concretos y la declaro a mi parecer la brújula de la madurez. Esta virtud requiere prudencia, requiere conocimiento, requiere humildad, requiere paciencia.  Esta lista, lejos de ser exhaustiva, debe orientar toda búsqueda de madurez que un tenga, sea la que fuere, opino. Y con respecto del consejo adulto frente a la supuesta inexperiencia, no lo trate como tal, tómelo como una compartida, el sabio no deja de aprender nunca, no se trata de un estado alcanzado de una vez y por todas, sino algo a sostener en cada segundo. Nuestra experiencia puede enriquecer, pero la prudencia está en saber compartirla, darla cuando se la precisa y no ir cantándola a los cuatro vientos, sabiendo matizarla, recalcando que hay entorno a usted que hizo que el aprendizaje fuese tal. La sabiduría requiere madurez, lo que requiere experiencia, pero el factor que los cohesiona no es la mera sucesión sino la búsqueda de articularos en incorporarlos al punto de prácticamente naturalizar el proceso, y la sabiduría requiere cierto olvido de su travesía en pos de ella. Bien se le atribuye Sócrates: “Solo sé que no sé nada”. La sabiduría llega en el momento en que uno logra olvidar que debe hacerlo.               
                 

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