Experiencia: Hecho de haber sentido, conocido o presenciado alguien algo. Práctica prolongada que proporciona conocimiento o habilidad para hacer algo.Conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias o situaciones vividas. Circunstancia o acontecimiento vivido por una persona.. Experimento.Sabiduría: Grado más alto del conocimiento. Conducta prudente en la vida o en los negocios. Conocimiento profundo en ciencias, letras o artes.Madurez: Buen juicio o prudencia, sensatez. Edad de la persona que ha alcanzado su plenitud vital y aún no ha llegado a la vejez.
Me confieso: soy joven. Llevo pocos año en
este paso por el mundo (espero, al menos) y como tal, dada mis condiciones únicas a mí, he vivido determinadas
experiencias y no otras. Quién sabe
qué me queda por vivir y qué no, el punto es que, con lo que tengo, he producido
determinada forma de encarar la realidad, privilegiada y a la vez sesgada por
mis vivencias. Pero estoy hablando de mí
mismo cuando vivo irremediablemente (y por suerte) en sociedad, por lo que me cruzo con personas de abismales diferencias
en cuanto a lo vivido y no tanto, y, sobre todo, distinto en sus circunstancias
o no, gente que se creado sus propios filtros de lectura para entender este
mundo, filtros que muchas veces difieren de los míos. Más aún, gente con más veinte abriles que yo, que ha, quizás en sus
palabras, “tiene más experiencia”, intuyendo en este discurso cierta autoridad
en cuanto a lo que refiere esta frase.
Hoy revisemos tal cuestión, puesto que en silencio resulta un normativismo un tanto
anticuado que debería a mi parecer mutar un poco.
Pero
arranquemos por el concepto vertebrador de esta reflexión: la madurez. Metáfora hortícola, ésta supone alcanzar algún tipo de climax o punto máximo respecto
de su vida, en el caso frutal, posiblemente su vida útil en realidad. Para
el humano no dista mucho esta definición, al menos no según lo que afirma la
RAE, hablando de una plenitud vital.
Cabe preguntarse entonces ¿cómo se llega a esta? A partir de la acumulación de
experiencias, tradicionalmente, esto de haber vivido algo. El trayecto sugerido es entonces el de alcanzar la madurez a partir de
una meta que es la sabiduría, un estado
de conocimiento producto de este proceso, caracterizado por la prudencia, la
meditación de nuestros actos y acciones y el comportamiento más amable a las
situaciones que se nos presenta. Intachable, la alfombra roja al éxito esta
tendida.
Pero,
y ya es hora de la polémica, debemos
recordar algo fundamental. Esta línea de razonamiento previamente anunciada
sugiere una suerte de camino unívoco a la madurez, cualidad detractada desde mis primeros textos. En efecto, no se puede concebir madurez sin
experiencia, pero sí puede haber experiencia sin madurez. La diferencia
fundamental se traza en el cómo de la experiencia. Tenemos algunas convenciones
culturales de lo que son sucesos trascendentes en la vida humana: la
pérdida de un ser querido, el nacimiento de otro, una relación, muchos elementos
que se van sofisticando en base a nuestra posición social, nuestra educación,
nuestras condiciones de vida. En nuestro
caso, con todas las ventajas que tenemos, la entrada al colegio, las
graduaciones sucesivas son todos mojones que marcan etapas en nuestra camina y
guían cierto camino hacia una madurez, al menos en espíritu. Sin embargo, está claro que el elemento
central que viene divergir esta senda hacia la plenitud vital es el elemento
individual de cada uno, la subjetividad encargada de vivenciar la experiencia,
filtrado por sus anteriores. La relación que se produce entre nosotros y la
nueva experimentación debe suponer algún tipo de aprendizaje, que hayamos sido
capaces de darle algún valor a eso. El aprender tiene esa maravillosa
característica de aumentar no por lo cuantitativo (no es que la cantidad no
influya) sino que crece
cualitativamente, se perfecciona, se sensibiliza, se afina su percepción.
Ahora
bien, un interrogante no viene solo sino que abre bifurcaciones. Ocurre aquí
que cada quien valúa sus experiencias de acuerdo a los propias por lo que el
aprendizaje no necesariamente es el mismo. Sin embargo, existe una tendencia, marcada principalmente (pero no
exclusivamente) por la edad, que nos lleva a mirar a la juventud con ojos
de instructor (natural y lógico
siendo la familia el centro de la sociedad) y a marcar determinadas conductas. Aquí hay un intríngulis delicado. No crea, lector, que quiero
desacreditar la experiencia de la gente mayor, al contrario, no guardo más que
profundo respeto por una persona que ha sabido elaborar su conocimiento a
partir de lo vivido y, en el mejor de los casos, lo comparten con uno con mucho
respeto, una verdadera virtud. El problema es otro: vivimos en un mundo cuya única constante, las experiencias de gente de
tan solo 5 años de diferencia (y menos también) difieren enormemente de su menor, y obviamente se ensancha con la edad.
No toda categoría aprendida de experiencias mayores debe ser descartada, pero
una revisión al menos, a los ojos de la nueva generación. Esto no acarrea la desaparición de la
misma, si para uno funciona y bien no tiene por qué extinguirse, pero no
podemos aducir su lisa y llana trasposición a la juventud sin efectos
secundarios y sin un bienestar garantizado. Las recetas para la vida nunca
funcionan, pregúntenle al FMI si no…
Entendemos ahora lo complejo de la madurez,
de que no se trata de una consecuencia lógica de la experiencia por más que
solemos (me incluyo) caer en ese
prejuicio, y formamos categorías con lo vivido que a veces se interponen el
aprendizaje de los jóvenes (aquí también me incluyo, como joven y como
obstáculo) dificultando el poder
decisión de los que efectivamente son futuros dueños de un mundo que les
heredamos/nos heredan en pésimo estado. De todos modos nos queda una cuestión central: el paso de la madurez a
la sabiduría. Idealmente, usamos nuestro tiempo (guiño guiño entrada
anterior) para este tipo de aprendizajes, sumados los que escapan nuestra
voluntad (la pérdida de un ser querido, por ejemplo). Dije que la madurez no
admite univocidad pero puedo arriesgar un par de criterios para la tranquilidad
del lector y su búsqueda propia. Primero y principal, creo yo que es plurívoco en el sentido de poder señalar
varios tipos de la misma: la intelectual, la afectiva, la interpersonal, tipos que pueden descomponerse acorde a la
vida que uno desea vivir. Empieza entonces a esclarecerse la cuestión: un
padre de familia tipo, por caso, puede aspirar a una madurez paternal, laboral,
de pareja, etc. El punto de máxima
vitalidad se transforma en un elemento más personal y que permite el innegable
cambio, puesto que es una sensación de plenitud la que se vive, no una plenitud
que se alcanza.
El lector
despierto clamará que esto sigue siendo difuso, que no hay un claro objetivo al
cual perseguir en pos de una madurez después de mi texto y que no admito
interacción prácticamente porque rechazo a los mayores. No se ofusque, amigo
leedor, prometo un puerto seguro para anclar esta reflexión. La sabiduría si reviste términos más
concretos y la declaro a mi parecer la brújula de la madurez. Esta virtud requiere prudencia, requiere
conocimiento, requiere humildad, requiere paciencia. Esta lista, lejos de ser exhaustiva, debe
orientar toda búsqueda de madurez que un tenga, sea la que fuere, opino. Y con
respecto del consejo adulto frente a la supuesta inexperiencia, no lo trate
como tal, tómelo como una compartida, el sabio no deja de aprender nunca, no se
trata de un estado alcanzado de una vez y por todas, sino algo a sostener en
cada segundo. Nuestra experiencia puede enriquecer, pero la prudencia está en
saber compartirla, darla cuando se la precisa y no ir cantándola a los cuatro
vientos, sabiendo matizarla, recalcando que hay entorno a usted que hizo que el
aprendizaje fuese tal. La sabiduría requiere madurez, lo que requiere experiencia,
pero el factor que los cohesiona no es la mera sucesión sino la búsqueda de
articularos en incorporarlos al punto de prácticamente naturalizar el proceso,
y la sabiduría requiere cierto olvido de su travesía en pos de ella. Bien se le
atribuye Sócrates: “Solo sé que no sé nada”. La sabiduría llega en el momento
en que uno logra olvidar que debe hacerlo.
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