jueves, 6 de febrero de 2014

Tiempo y castigo: acerca del famoso “el tiempo lo cura todo”



Tiempo: Duración de las cosas sujetas a mudanza.  Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Su unidad en el Sistema Internacional es el segundo.

                El tiempo, inexorable vehículo hacia el futuro, arrastra en su paso todo ser, todo fenómeno, toda dimensión de nuestras finitos e irreversibles destinos humanos (no se me deprima, lector). La finitud, una de las pocas certezas prácticamente absolutas en nuestro mundo, es así uno de los elementos que queremos controlar bajo toda circunstancia, como símbolo del dominio: así, inventamos armas que acaban con la vida en cuestión de segundos, desarrollamos tratamientos para extenderla, etc. Mismo en nuestras formas de hacer sentido de lo que nos sucede, incesantemente predicamos el fin de, ya sea una etapa personal, un gobierno, una época de la historia. Todo esta extensa y esquiva perorata solo viene a cuento por el tema inicial propuesto, el tiempo, y una eterna sentencia mitificada y tomada como verdad incuestionable que hoy quiero relativizar: “el tiempo cura todas las heridas”.
                Un breve apartado para lo que se puede denominar como “frases hechas” o “de sentido común”. Recordará, señora, en sus mozas épocas escolares, el concepto de mito de los antiguos griegos, relatos que tomaban algún suceso de la realidad, como la estacionalidad, la lluvia y demás fenómenos y los explicaban mediante relatos fantasiosos. Ahora bien, ya en nuestra posmodernidad y relativizando ese cuestionable fin de los grandes relatos (enunciado por el filósfo francés Jean-François Lyotard), se conservan algunas narraciones pequeñas, estas frases hechas, que, casualmente, explican la realidad a partir de una simplificación, una ficción o fantasía para el caso. De aquí debemos comprender que las frases, al igual que los mitos en su momento, nos ayudan a entender la realidad pero a partir de un recorte de ella, mezclando elementos reales con elementos irreales. No se trata de desecharlas, sino de entender que no son máximas sino aproximaciones útiles si se toman con sus correspondientes pinzas.
                Retomando, la frase sobre el tiempo parece contener la solución universal a todos nuestros problemas. Pero hay una cláusula hermosa ya enunciada en el párrafo inicial, de esas que uno no revisa ni tiene presente a la hora de firmar (como cuando uno instala algo e ingenuamente adhiere “estoy de acuerdo” a lo que podría ser un extenso contrato amenazando su próxima muerte, total, ¿qué sabe si no leyó?). Me refiero precisamente a la finitud de nuestra vida en nuestro paso por el tiempo. Básicamente, si el tiempo lo cura todo pero nuestro tiempo prescribe en algún momento, nos hallamos en la circunstancia de tener que aprovechar una economía con la que nos manejamos. Al fin y al cabo, el único tarde irrevocable es la muerte. Así que tenemos entonces prácticamente un plazo de malestar y a la vez uno propio, por lo que debemos ahorrarnos nuestros tiempos racionalmente.
                Ahora bien, economía, ahorro, plazos, de a poco voy sugiriendo algo naturalizado que no lo es tal: la medición del tiempo. Posiblemente, si les pido que se imaginen un objeto para pensar el tiempo, la primera imagen es la de un reloj. Hacia el siglo XII, los monasterios debían sostener meticuloso régimen de disciplina ligada a la oración, y no les bastaba con el sol y su ocaso para poder cumplir con su tarea, por lo que esbozaron las primeras nociones de lo que hoy llamamos reloj, para poder rezar a específicos momentos del día, éste entendido como lo que ocurría entre alborada y crepúsculo. Con el correr de los años, otra convención que debemos en este caso a Julio Cesar y a los gregorianos, la invención de los relojes de pared y los de muñeco ataron nuestra concepción del tiempo a la productividad del capitalismo. Es decir, para sostener un sistema económico, la herramienta tecnológica del reloj fue una pieza crucial al permitir la medición del mismo. Construimos una cultura en torno a eso entonces, con las horas laborales a cumplir o con el cobro en concepto de minutos, tiempo, espacio, etc, los horarios televisivos, por dar otro ejemplo, que hoy se convierten en flexibles para poder acoplarlos a otros “minutos que sobran del día”. No estoy arremetiendo contra el sistema, que quede claro (ni esto es su defensa), solo trato de delimitar formas de organización, de dar sentido de nuestra sociedad. Bien dice la frase (hecha): “si algo funciona, no significa (necesariamente) que funcione bien”.
                Otra vez parece que estoy divagando, pero le juro, lector, que tengo un punto. En efecto, el tiempo es relativo y nuestra concepción de tal es justamente relativa a la medición horaria, lo cual no deja de permitir la subjetividad personal en su apreciación. Tal es así que yo cuento cada grano de un reloj de arena para la hora de salida de mi oficina mientras que lamento que alguna fiesta que disfruté mucho “se me haya pasado rápido”. Hay una suerte convención generalizada de que lo agradable hace perder la noción del tiempo y, por ello, la conciencia de su pasar, mientras que lo incómodo o desagradable agudiza nuestra conciencia de las agujas del reloj, contabilizando cada tic y volviendo un momento eterno. Y en nuestro afán de cálculo, el tiempo es entonces una herramienta: salgo a las 8:05, 8:22 me tomo el colectivo, etc. Quede claro entonces, en nuestra percepción cotidiana, el tiempo es más una utilidad para algo que un elemento ajeno a uno.
                Entendienda entonces la cuestión herramental del tiempo como lo comprendemos y nuestro rol de intervención CON el mismo en la realidad, retomo esa frase inicial: “el tiempo lo cura todo”. Para esclarecer, esa oración encubre una noción externa del tiempo, un gran médico que calma nuestras heridas en su difusa mediación entre nosotros y nuestro mundo, y eso es lo que vengo a refutar. Esta sentencia surge principalmente en momentos de dolor, principalmente el sentimental que es el que nos compete (en lo físico existen factores más convencionales que especifican la cantidad de tiempo precisado, como el bien ponderado reposo) y se repite con cierto automatismo, más que nada por una necesidad de llenar ese vacío que genera el malestar ajeno que nos suele empujar a llenarlo con frases, consejos y soluciones (tema para otra entrada).Debo interceder entonces: el tiempo no hace nada por uno. En todo caso, y con 70% menos de marketing, la frase debería proclamar: “Con el buen uso del tiempo se cura todo”. Ante una ruptura romántica, por ejemplo, uno opta por distraerse, por conocer gente nueva, por tomar determinada actividad, es decir, por poner ese tiempo antes para la pareja a disposición de otras cosas que vienen a solventar ese nuevo vacío. No se trata entonces de simplemente dejar pasar las horas, los días, semanas y meses a la espera de que un día algo simplemente no duela. Tal cosa no existe. No es el tiempo lo que nos despierta un día con una novedosa sensación indolora, sino lo que hayamos en hecho durante ese tiempo lo que nos determinará. Es el utilizar el tiempo lo que nos permite hablar de etapas, de iniciar, de terminar, de medir nuestra historia pero en nuestro favor, el de nuestro futuro, la promesa de lo positivo por venir y lo pasado, pisado.
                La temática es entonces tiempo, dolor y cura por lo que tomaré ideas de mi entrada al respecto del segundo elemento, a modo de cierre. Tenemos entonces una nueva libertad de tiempo que, como un arrancón, se nos libera, o tomamos conciencia fuerte de él cuando se produce la estocada, nos sentimos heridos, dolidos, por la pérdida de algo o alguien (en el sentido amplio). Así, la oportunidad que se nos presenta es la de encontrar ese nuevo equilibrio que el último cambio nos quitó y el camino para ella nuevamente es la comprensión, la pregunta por el dolor, qué hay detrás de él, qué le hace falta. Y, lo aseguro, para ello se necesita tiempo, para uno ante todo y, no en menor medida, para sus seres queridos. Decía un viejo chiste: un boxeador estaba recibiendo tremenda tunda en el ring mientras su madre prescenciaba el lamentable espectáculo sentada al lado de un cura; ella le pide a él que haga algo, que rece por él; el hombre de Dios le responde con contundencia “Yo lo hago, pero el tiene que devolver el golpe también”. Así que no se deje usar y golpear por el tiempo, lector. Úselo usted mismo, pues, será limitado, pero es suyo.

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