Cinismo: Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables. Impudencia, obscenidad descarada.Ingenuidad: Candor, falta de malicia.
Seré exprofeso: amé la película. He de
ahuyentar así a los persecutores de la neutralidad objetiva que tanto pregonan
por una homogeneidad gris. ¿Quiénes quedaron por aquí entonces? Paso a
explicarme: el film en cuestión es Salvando al Señor Banks (comercialmente
traducida como El sueño de Walt) y,
dada mi relación con el caballero que sueña en éste apócrifo título y su arte, parto del irremediable sesgo de su visión
optimista. Y justamente, es este
sesgo materializado en filme opone una tricotomía más que interesante, la de
cinismo, realidad e ingenuidad. Partiendo de aquí, este ensayo que no es
crítica ni sinopsis del argumento, ensalzará
un valor reflexivo que quizás el público de la película pasó por alto,
simpatizantes, indistintos o defraudados, será útil para cualquier de los tres,
justificando en mayor/menor medida lo caro/barato de su entrada (o segundos en
descargar, para los más cibercinéfilos).
No quería iniciar mi empresa sin antes
referirme a algunas de la críticas erigidas en torno a la película (lo
advertí, el sesgo). Parece que corre cierto rechazo en torno a una película de
ficción basada en hechos reales pero que carece de cierta veracidad en su
relato. ¿Qué decirles a estos críticos? El
reclamo al arte por su deformación de la realidad es como el famoso “pedirle
peras al olmo”. Más aún, hablando de una compañía de la trayectoria de Disney en la cual el contrato de lectura es más que claro: se toma una situación, sea cual fuere, y se
la rodea de optimismo, magia y técnica cinematográfica de punta. No quiero
convencer a ningún detractor de simpatizar con este pacto, pero si liberar de
su maldición al desilusionado crónico que asiste una y otra vez a estos
espectáculos (y a cualquiera, en realidad) sin avenirse de lo que verán en
realidad, para darse un nuevo gusto del disgusto. Ocurre seguido con las
películas basadas en libros que decepcionan a miles de lectores pero asombran a
muchos espectadores. La fidelidad en la traducción de soportes es un valor muy
fuerte para los fanáticos del papel (o de pantallas, en los tiempos que corren)
más, opino, se basa en una incomprensión de las características propias del
libro y del cine, lo cual no quita que existan malas adaptaciones.
Hecha
la contracrítica, me remito a la
tricotomía inicial. Vivimos efectivamente una realidad, una serie de hechos de
los cuales somos participes, causas, efectos de la misma. Somos potenciales factores de cambio e
incidimos y a la vez nos sometemos a otras voluntades, individuales y
colectivas, que ejercen influencia sobre nuestro destino y lo alteran en cuanto
tal. Mas los hechos no tienen implícitos una forma de interpretarlos. Así,
un embarazo es motivo de alegría para algunos y accidente para otros (a veces
ambas dos), por dar un ejemplo trivial y no tanto. En líneas generales, y a los
motivos del film en cuestión, podemos
dividir las formas de encarar la realidad en dos extremos opuestos. En general se utilizan los términos
optimista y pesimista, pero hay allí una suerte de ventaja de sentido común del
segundo sobre el primero, entonces, para darle a ambos excesos su cualidad de
vicio correspondiente, podemos hablar de cinismo e ingenuidad.
De
todos modos, las definiciones acopiadas están más posicionadas que uno (ya que
no los oponen realmente), entonces me tomaré el trabajo de repensar un poco los términos. Que
quede claro que ambos suponen ver la realidad “tal cual es”, sin distorsión
alguna. Ahora bien ¿cómo aborda un
cínico la realidad? Resuenan en mi cabeza frases tristemente porteñas
(aunque dudo de su autoctonía pura) de
la índole de “Y, esto es así: cagas o te
cagan” (debo agregar que ya el inicio de la frase me resulta nefasto,
independiente de su no inocente proposición). El cínico redime actitudes vituperables en la medida que pregona cierta
realidad indubitablemente cruel, ingrata, despectiva con uno. Por el contrario,
el ingenuo busca la bondad, valor absoluto implícito hasta en lo más vil, todo
es bien. Generalmente se le atribuye la ingenuidad a los niños como un valor,
aunque esta supuesta virtud encubre cierto sometimiento: el ingenuo, sea niño o
adulto, desconoce el mundo que lo rodea y debe ser protegido de él,
prácticamente carece de algunas facultades de índole más (pero no por ello)
cínica que le permitirán acercarse más a
la realidad. El eterno debate sobre la ingenuidad, salvando penosos casos
de abuso, es el del sexo y la violencia y los infantes. No le estoy pidiendo
que se siente hablar con su cincoañera sobre las ventaja de la píldora, señora,
solo advirtiendo que la ignorancia absoluta pergeñada sobre un tema no evita
que eventualmente irrumpa en su vida y, a mayor desconocimiento, mayor
violencia en el impacto. Sépalo, transmitir
ignorancia es transmitir categorías escuetas de abordaje de la realidad.
Sea
como fuere, los
protagonistas/antagonistas de la historia encarnan esta antinomia al inicio.
Como buenos contrarios en discordia, encabalgados en el estilo Disney, el humor
no se hace esperar en la contienda por
realizar la película justa que el personaje de P.L. Travers merece. Los protagonistas entonces sostienen a
rajatabla sus posturas durante todo el
desarrollo hasta la precipitación de los acontecimientos. Aparece entonces la
escena catártica en la que los personajes simplemente conversan y ponen en
evidencia las fisuras de sus visiones. He aquí el punto: el cinismo y la
ingenuidad son visiones formadas del mundo, en el sentido que son educadas, nos
son impartidas, formal y accidentalmente por nuestra historia. Esto, que no es
ninguna novedad, viene a cuento por matizar nuestra posición: efectivamente es
la eterna naturalización del artificio.
Fuera
ya de la cómoda sala de cine (no se vaya aún, espere en el hall) entendemos
pues que el cinismo y la ingenuidad son
extremos por los que nos debatimos (algunos ni tanto ya) para afrontar el día a día. Obviamente,
uno puede tomar una actitud para algunas cosas y la contraria para otros, un
día puede volcarnos hacia un lado o hacia otro de acuerdo al menester más o
menos propicio del mismo. Pese a esto, lo
importante aquí es ver nuestro factor de decisión en ello. Como ocurre con la
P.L. Travers de la película (le dije
que esperara), una historia de vida que
primero prometió magia y acarreó soledad sellan al personaje que
caracteriza con tanto talento Emma Stone, historia que se va develando a lo
largo de la trama. Mas Disney, aquí
magistralmente logrado por Tom Hanks, parece encarnar un optimismo ingenuo e intransigente, una vida entre algodones y romanticismo
inocente. Entonces descubrimos que ni una fue tan infeliz ni otro fue tan
feliz. Entra allí el factor decisorio en la cuestión.
Con resabios de la
entrada sobre la autonomía y la heteronomía, planteémonos qué nos ocurre con la decisión y dónde está el equilibrio de entre las
posturas contrapuestas. El primer punto es para los cínicos: bien cantaba
Lennon “sabes que la vida puede ser
larga y uno tiene que ser muy fuerte, y el mundo es duro, a veces siento que es
demasiado”. Eso es una sentencia que no temo realizar con la complicidad
del lector. Aceptado eso, externo a nuestra decisión, la ingenuidad se empieza
a difuminar levemente. Pero no: podemos admitir
este hecho y sin embargo optar por la búsqueda de la bondad. Lo difícil no borra la existencia de lo
fácil, y más aún, de lo facilitable (RAE, perdone y déjeme acuñar, calidad
de hacer más fácil algo difícil). Ahí aparece nuestra voluntad, nuestro motor
de posibilitar lo aparentemente imposible. Ahora el que se desvanece es el
cínico, una sonrisa se empieza a dibujar en la esquina de la mejilla. Pero se
resiste, se niega a acceder y desafía: “¿si
es tan dura la realidad, para qué intentar?”. El ex ingenuo, en pos de la
prudencia, le convida su última estocada: “Y,
otra no hay, viejo. La vida es complicada, pero es la que tenemos. Podemos
pasar horas lamentándonos de ello sin cansancio alguno o podemos trabajar con ello.
El esfuerzo no se valida solamente con
la concreción de un objetivo, sino la capacidad de realizarlo, valor que un
verdadero cínico ya no posee. Si hay alguna chance de alcanzar nuestras metas,
al fin y al cabo, estaremos más cerca desde una postura más bonachona pero no
ingenua que desde el cinismo, que cumple su objetivo de no tener objetivo alguno.
A veces, la sumisión aliena, y el que se pierde a sí mismo, ya no se puede
buscar solo”.
Y voilá lector, he ahí una
síntesis de extremos, una virtud equilibrada (la magia de la teoría y de
los textos, no se atiene a los problemas de la práctica). Admita su realidad, no sea ingenuo en negar, pero no se rinda por ello,
puede que no haya vuelta atrás y, de ser así, cuando no hay opción, no hay
decisión. Todo eso vi yo en “Saving Mr.
Banks”. Dele una chance, si la ficción no nos recuerda la perseverancia, se
nos acorta la inspiración para el cambio.
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