Cada
vez que escribo, teñido por la violencia de la emoción momentánea, mis textos
no son otra cosa que una canalización de ese sentir y pesar, un intento de
orden en ese caos que llamamos la mente. Pero quizás lo más deseado en medio de
este prosaico y aciago momento es la paz en el punto final. La escritura aún se
cuenta entre las artes, o al menos es un procreador indiscutido en buena parte
de ellas, por lo que esto recurre en toda manifestación artística: la última
corchea, la cincelada final, la escena de cierre.
Obedece
ya a la filosofía moderna que se deshizo de intermediaciones de pretensión
realista la idea del intento de cosmos frente al sinsentido absoluto
(única VERDAD con mayúsculas) como forma
principal de producir sentido en nuestra existencia. Esto en criollo no es otra
cosa la explicación básica de la diversidad, de que una verdad es tal cuando
funciona, es decir, cuando expresa ese sentir que nos agobia, a uno en
particular y a la sociedad en general, transformándolo en un sentido
aprehensible para nuestro intelecto. Se deduce así que nuestro “corazón” funciona de
receptor pero no de decodificador, por
lo que se señala a esa capacidad de explicar esa relación capo-cuore como inteligencia
afectiva. La cuestión es entonces la de dar orden y, por consiguiente,
significación a algo que no se expresa en términos necesariamente comprensibles
y lograr así una suerte de diccionario base de autoentendimiento, no para
erigir máximas ignominiosas y engañosas
que nos alienan, sino para atenernos a un mundo anárquico con ojos de belleza
que apacigua y armoniza.
Como
sea, tecleando en pos de esa paz, acepto
en mi caso particular que me separa tiempo, ansiedad y melancolía ese nuevo
equilibrio. Entre tanto, más sabe el diablo por viejo que por diablo así que me
reservo mis mañas que sostienen un mínimo indispensable de autoconciencia,
aquella sin la cual la verdadera nueva conformidad resulta ilusoria, sujeta a
ser impostada y, a la larga, destructiva de una auténtica felicidad, al menos
como yo la concibo. Por lo pronto dispongo de una bella metáfora que me fue
regalada, esas que demuestran que la paz
con uno mismo requiere fundamentalmente del consejo del otro, que la
respuesta está en uno siempre y cuando haya afecto alrededor reavivando esa
mecha. Reza la imagen en cuestión sobre la cantidad de ruido a nuestro interior, esa acumulación de sonidos
ininteligibles que debemos apaciguar para escuchar lo que ocurre verdaderamente
y actuar para sanear ello. Hasta entonces, querido lector, me niego a poner ese
punto final catártico
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