Hoy refloto esta reflexión de exactamente hace un año, previa a la gestación de este blog, con curiosa sorpresa de descubrir que hace 12 meses escribía igual (o mejor) que hoy.
Ignoremos por un momento la tan expresada conclusión sobre el
valor comercial del día que, lejos de ser falsa, no es ninguna novedad. Corramos
la reflexión a la cuestión más central, qué se celebra…
En
nuestro país le decimos “día de los
enamorados” y, matemáticamente, tratamos de sumar uno más uno. Así ¡ay de
nosotros si nos falta un dígito en esa cuenta! Víctimas del sobrevaluado
“sentido común”, lo único que hacemos es separar a los que están en pareja de
los que no, y establecer en el medio aquellos que lucharán para perder con
cualquier resultado por estar de un lado o de otro. Los que “no califican”, le
huyen al festejo, abogando la ubicuidad del mercado en nuestras vidas, o bien,
en forma más pesimista y a veces tamizada por el catártico humor, los que se
ahogan en la supuesta soledad, la de sus inseguridades, las, permítaseme el
eufemismo, “razones objetivas” por las que uno termina solo en una fecha
paradigmática, siendo esta sinécdoque de su vida. ¿En quiénes nos convertimos?
En la famosa presa ideal de aquellos, entre tantos, que lucran con la ilusión
de amor, aquellos esbirros de la conclusión que encabeza este texto.
La nueva pregunta que surge entonces es muy simple:
¿Quiénes son los enamorados que tienen los 14 de Febrero a su nombre? No, no es
cuestión de matemática, señora. Un enamorado es una persona que toda su vida se
encargó, consciente o inconscientemente, de formarse de tal o cuál manera, de
ser determinada persona, hasta que un día, sin siquiera preverlo, se vio
totalmente sacudido en sus supuestos valores por la presencia de otro. En
criollo: el que evitó ser un/a boludo/a toda su vida (cada quién entiende por
boludo lo quiere ¿no?) hasta que apareció alguien con quién pierde el control
de ello.
Enamorarse es entonces perder ese miedo a ser un boludo.
Volviendo al lenguaje más “técnico”, a ser vulnerable, a querer poner sobre la
mesa de una persona especial el sufrimiento propio, sin olvidar el miedo a
hacerlo, pero superándolo lo suficiente como para ser débil (suena paradójico,
seguro, pero el lenguaje explica en términos de contradicciones para
confundirnos, nomás, el muy maldito).
Obviamente es más fácil festejar el amor cuando uno sale
victorioso, pero, creo yo, ¿acaso el sufrimiento de no ser correspondido quita
el éxtasis que uno sintió cuando lo creía posible? ¿Vale la pena cuantificar a
cuentagotas nuestro dolor longevo, cuando, quizá por escasos segundos, suspendimos
todas las medidas del universo por otra persona?
Así como el ave se lanza del nido materno airoso y
esperanzado para estrolarse con el primer 60 de la mañana, un enamorado se tira
a la pileta y se pregunta luego si está vacía o llena. Bien decía Woody Allen:
un hombre va y le dice “doctor, mi hermano se cree gallina”, a lo que este
pregunta “¿y por qué no lo interna?”, siendo la respuesta “lo haría pero
necesito los huevos”. Así son las relaciones, irracionales y sin sentido,
continúa la reflexión del maestro, pero las mantenemos porque a la larga
necesitamos los huevos. Y, uniendo metáforas ¿no se necesitan huevos para
tirarse a la pileta? (Mi prosa abunda en tecnicismos alternados con
coloquialismos berretas para generar choque).
Mi
perorata no es tanto poética como reflexiva, pero no la de aquellos históricos
griegos que definieron las esencias mismas del universo paseando por el ágora
sino más bien la de los cinco tipos de barrio que se pidieron un café y
explicaron las dos o tres razones por las cuales el mundo es como es. Y quizás
describir el amor sin tanta estética es, para muchos, la principal causa de
muerte del romance, pero por lo menos yo así entreveo que hoy, obviando todo lo
nefasto de un calendario que pauta las ofertas de las vidrieras antes que las
reflexiones del día a día.
Sin más preámbulos, levanto mi copa, quizá como consuelo
de tontos que tanto traté de detractar a lo largo de mis líneas, por todos
nosotros que, solos o acompañados, recordamos, no sin dolor, lo que es estar
enamorado y nos permitimos, hoy y siempre, sonreír por ello, sin la necesidad
de gastar un peso en chocolates de rutina, alcohol del falso olvido o regalos
de baja autoestima. Enamorados somos todos y el qué o el quién, al menos hoy,
es lo de menos.
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