Poder: Tener expedita la facultad o potencia de hacer algo.
Querer: Tener voluntad o determinación de ejecutar algo.
Menudo dilema me plantea el título de esta
entrada. Sobreabunda y nauseabunda la cantidad
de prosa decidida a suprimir la diferencia, en realidad en pos de un
mensaje positivo pero que muchas veces encierra intereses mucho más espurios
y lucrativos que lesionan ese nexo que
intentan establecer entre ambos. Pero,
bien acompaña la RAE, son dos elementos
diferentes en constante discordia, que se invierten, se superponen entre sí, se
impostan el uno por el otro y confunden de tal manera que optamos por uno o por
otro a la hora de explicar el porqué de una conducta que no nos acaba por convencer
pero se nos exige una de esas ridículas explicaciones. Hoy, entonces, las
diferencias conceptuales, los puntos de encuentro e intentos de explicar cómo convivir
en paz con los mismos.
Nótese,
primero y principal, como el encabezado parte de la negativa de ambos motus en vez de su versión asertiva. Ocurre que en nuestra vida diaria, cuando
el querer y el poder están presentes, no ocasionan angustia alguna, puesto que
su combinación es hasta ideal, ya que conjuga el deseo con la capacidad.
Dicho eso, abordemos las definiciones. Tan
poderoso como el deseo es, sin duda, el no deseo, el rechazo, discernimiento
por demás complejo en cualquiera de sus formas. Saber lo que uno quiere para su
vida nos afronta en primera medida a la conjugación de una vida interior con una
realidad externa que nos exige determinados poderes, desde estudiar, trabajar, el
trato respetuoso con el otro. Es debate
eterno de las ciencias sociales qué
de estas demandas de la sociedad para nosotros es verdaderamente externa y qué
es interno. Hay un leve consenso, por lo menos desde la escuela del querido
Pierre Bourdieu, de que el proceso que
se da es el de la interiorización de elementos que son externos, pero que se
sienten prácticamente inmanentes a uno. Siguiendo esta idea, si uno se cría
en un armónico ámbito a familiar de convivialidad y cariño, es lógico esperar
que dicha persona incorpore como deseo el continuar con la sangre filial como
un proyecto de vida propio. No me detengo mucho más en este aspecto porque el deseo posee una violencia interna que
nos empuja a la concreción del mismo al que, salvo reconocibles pero
particulares excepciones, no merece cuestionar. De la misma manera, la mala experiencia (o la no experiencia)
contribuye al indeseo de estas situaciones, esto es, el ni siquiera
contemplarla en nuestro horizonte de expectativas.
Y toda esta pulsión descrita, cuando
es asumida como deseo, se choca contra la barrera fundamental: la capacidad de
llevarlo a cabo. Arremeto por ello
contra el mensaje que tiende a igualar uno con otro porque al fin y al cabo la
correlación se da cuando uno vive con una serie de comodidades que le permiten
acortar esa brecha, todo en torno al universo de la posibilidad acorde a las
condiciones en las que uno vive. Pero como nos compete aquí la incapacidad
de lograr algo, vemos el primer punto de
desencuentro: no quiero, pero puedo. Quizás no
la disyuntiva más común, en la vida se nos aparecen constantemente estas
situaciones, las cuales rara vez advertimos en esta calidad. Basta pensar,
frente a la corrupción, cuantas oportunidades cotidianas tenemos de inquirir en
esos malos hábitos, o, yendo a un plano un poco menos ríspido, el criarse
dentro de una familia de abogados y no querer ser uno más (por dar uno entre
miles de ejemplos). A lo que voy con ellos es que nuestro poder de afectar al mundo escapa en buena medida a nuestro
deseo, por lo menos en un momento inicial en el que descubrimos que no poseemos
determinada cualidad para hacer algo ocurrir, objeto de nuestro querer. En
cualquier caso, el ejercicio que se nos propone entonces es el de reconocer una
habilidad, por más que no sea la que deseamos efectivamente, nos develamos una
herramienta que merece mutar en pos de otra aspiración, de conjugar en otros
términos para poder acercarnos más a lo deseable.
Ahora, y el verdadero intríngulis: quiero pero no
puedo. Pocas angustias se nos presentan
en la vida como este desfasaje. Ya
de por sí, llegar a la aceptación de dicha incongruencia supone la resignación
o lo desesperanza pospuesta pero anunciada. Debo agregar, como culmen ejemplar
de este desencuentro que el desamor se manifiesta como una de sus máximas
expresiones. Cuando no hallamos frente a situaciones como esta es cuando más se amalgaman hasta la
confusión estas dos negaciones. ¿Cómo
es que decidimos que algo excede a nuestra capacidad y logramos resignarnos,
sabiendo que ir en contra del deseo resulta un golpe al pecho cuya herida no
sana con facilidad? Quizás lo más
interesante de todo es la ilusión de poder que da el querer. Numerosas veces
nos afrontamos ciegamente contra ese muro que nos impide el paso, pero ante la
voracidad del deseo, la única opción es tumbarlo, golpe a golpe. Sin lugar a
dudas, cada impacto dolerá con inusitada intensidad. Sin embargo, la dolencia
acumulada tiene un particular efecto hipnótico: anestesia nuestro sentir,
aliviana la sensación sin anular la herida. Ese es, sin discusión alguna, el
problema del placebo, que tapa un efecto sin reparar en el causante. Se
entiende que el que sale en pos del deseo ve en él su salud; el problema radica
en que lo querido pasa para un proceso de idealización (tema ya abordado) que omite estratégicamente para elevar
ciertas virtudes que puede que, al ser alcanzado el objeto deseado, no hayan
existido nunca ni puedan llegar a hacerlo.
No puedo dar respuesta certera en este
cierre (ya el calificativo del título me delata), aunque si está en mis juicios el cómo limitar un poco el panorama para ahorrar angustias y
valorizar futuros desencuentros. Tibiamente tal vez, no me atrevo a negar el “querer
es poder” que tanto agredí en la entrada puesto que creo en el optimismo sano,
entendido éste como una aceptación de lo desafiante de nuestro paso por el
mundo manteniendo aún una actitud de cambio para el bien mayor y conspirando en
pos de sí. Habiendo negociado con ello exhibo esa dificultad que presenta este
dilema de querer y no poder que no es otra que el conjunto de golpes, el tiempo
de sufrimiento y pesar, que puede o no llevar a ese buen puerto. Si usted,
querido lector, tomó el navío con el solo propósito del destino ansiado y no
puede aceptar el viaje aciago que encalla en tierras desconocidas y, aún peor,
no buscadas. En tal caso, o sospeche y aspire a la prosperidad que
efectivamente puede encontrar en ese nuevo lugar o simplemente disocie querer
de poder y acepte que el segundo puede imponerse al otro. Usted decide.
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