jueves, 20 de febrero de 2014

No puedo versus no quiero: una contienda interminable



Poder: Tener expedita la facultad o potencia de hacer algo. 
Querer: Tener voluntad o determinación de ejecutar algo.

Menudo dilema me plantea el título de esta entrada. Sobreabunda y nauseabunda la cantidad de prosa decidida a suprimir la diferencia, en realidad en pos de un mensaje positivo pero que muchas veces encierra intereses mucho más espurios y  lucrativos que lesionan ese nexo que intentan establecer entre ambos. Pero, bien acompaña la RAE, son dos elementos diferentes en constante discordia, que se invierten, se superponen entre sí, se impostan el uno por el otro y confunden de tal manera que optamos por uno o por otro a la hora de explicar el porqué de una conducta que no nos acaba por convencer pero se nos exige una de esas ridículas explicaciones. Hoy, entonces, las diferencias conceptuales, los puntos de encuentro e intentos de explicar cómo convivir en paz con los mismos.

Nótese, primero y principal, como el encabezado parte de la negativa de ambos motus en vez de su versión asertiva. Ocurre que en nuestra vida diaria, cuando el querer y el poder están presentes, no ocasionan angustia alguna, puesto que su combinación es hasta ideal, ya que conjuga el deseo con la capacidad. Dicho eso, abordemos las definiciones. Tan poderoso como el deseo es, sin duda, el no deseo, el rechazo, discernimiento por demás complejo en cualquiera de sus formas. Saber lo que uno quiere para su vida nos afronta en primera medida a la conjugación de una vida interior con una realidad externa que nos exige determinados poderes, desde estudiar, trabajar, el trato respetuoso con el otro. Es debate eterno de las ciencias sociales qué de estas demandas de la sociedad para nosotros es verdaderamente externa y qué es interno. Hay un leve consenso, por lo menos desde la escuela del querido Pierre Bourdieu, de que el proceso que se da es el de la interiorización de elementos que son externos, pero que se sienten prácticamente inmanentes a uno. Siguiendo esta idea, si uno se cría en un armónico ámbito a familiar de convivialidad y cariño, es lógico esperar que dicha persona incorpore como deseo el continuar con la sangre filial como un proyecto de vida propio. No me detengo mucho más en este aspecto porque el deseo posee una violencia interna que nos empuja a la concreción del mismo al que, salvo reconocibles pero particulares excepciones, no merece cuestionar. De la misma manera, la mala experiencia (o la no experiencia) contribuye al indeseo de estas situaciones, esto es, el ni siquiera contemplarla en nuestro horizonte de expectativas.

Y toda esta pulsión descrita, cuando es asumida como deseo, se choca contra la barrera fundamental: la capacidad de llevarlo a cabo. Arremeto por ello contra el mensaje que tiende a igualar uno con otro porque al fin y al cabo la correlación se da cuando uno vive con una serie de comodidades que le permiten acortar esa brecha, todo en torno al universo de la posibilidad acorde a las condiciones en las que uno vive. Pero como nos compete aquí la incapacidad de lograr algo, vemos el primer punto de desencuentro: no quiero, pero puedo. Quizás no  la disyuntiva más común, en la vida se nos aparecen constantemente estas situaciones, las cuales rara vez advertimos en esta calidad. Basta pensar, frente a la corrupción, cuantas oportunidades cotidianas tenemos de inquirir en esos malos hábitos, o, yendo a un plano un poco menos ríspido, el criarse dentro de una familia de abogados y no querer ser uno más (por dar uno entre miles de ejemplos). A lo que voy con ellos es que nuestro poder de afectar al mundo escapa en buena medida a nuestro deseo, por lo menos en un momento inicial en el que descubrimos que no poseemos determinada cualidad para hacer algo ocurrir, objeto de nuestro querer. En cualquier caso, el ejercicio que se nos propone entonces es el de reconocer una habilidad, por más que no sea la que deseamos efectivamente, nos develamos una herramienta que merece mutar en pos de otra aspiración, de conjugar en otros términos para poder acercarnos más a lo deseable.

Ahora, y el verdadero intríngulis: quiero pero no puedo. Pocas angustias se nos presentan en la vida como este desfasaje. Ya de por sí, llegar a la aceptación de dicha incongruencia supone la resignación o lo desesperanza pospuesta pero anunciada. Debo agregar, como culmen ejemplar de este desencuentro que el desamor se manifiesta como una de sus máximas expresiones. Cuando no hallamos frente a situaciones como esta es cuando más se amalgaman hasta la confusión estas dos negaciones. ¿Cómo es que decidimos que algo excede a nuestra capacidad y logramos resignarnos, sabiendo que ir en contra del deseo resulta un golpe al pecho cuya herida no sana con facilidad? Quizás lo más interesante de todo es la ilusión de poder que da el querer. Numerosas veces nos afrontamos ciegamente contra ese muro que nos impide el paso, pero ante la voracidad del deseo, la única opción es tumbarlo, golpe a golpe. Sin lugar a dudas, cada impacto dolerá con inusitada intensidad. Sin embargo, la dolencia acumulada tiene un particular efecto hipnótico: anestesia nuestro sentir, aliviana la sensación sin anular la herida. Ese es, sin discusión alguna, el problema del placebo, que tapa un efecto sin reparar en el causante. Se entiende que el que sale en pos del deseo ve en él su salud; el problema radica en que lo querido pasa para un proceso de idealización (tema ya abordado) que omite estratégicamente para elevar ciertas virtudes que puede que, al ser alcanzado el objeto deseado, no hayan existido nunca ni puedan llegar a hacerlo.  

No puedo dar respuesta certera en este cierre (ya el calificativo del título me delata), aunque si está en mis juicios el cómo limitar un poco el panorama para ahorrar angustias y valorizar futuros desencuentros. Tibiamente tal vez, no me atrevo a negar el “querer es poder” que tanto agredí en la entrada puesto que creo en el optimismo sano, entendido éste como una aceptación de lo desafiante de nuestro paso por el mundo manteniendo aún una actitud de cambio para el bien mayor y conspirando en pos de sí. Habiendo negociado con ello exhibo esa dificultad que presenta este dilema de querer y no poder que no es otra que el conjunto de golpes, el tiempo de sufrimiento y pesar, que puede o no llevar a ese buen puerto. Si usted, querido lector, tomó el navío con el solo propósito del destino ansiado y no puede aceptar el viaje aciago que encalla en tierras desconocidas y, aún peor, no buscadas. En tal caso, o sospeche y aspire a la prosperidad que efectivamente puede encontrar en ese nuevo lugar o simplemente disocie querer de poder y acepte que el segundo puede imponerse al otro. Usted decide.  

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