lunes, 3 de febrero de 2014

Sinécdoque: gestito e ideas.



Sinécdoque: Tropo que consiste en extender, restringir o alterar de algún modo la significación de las palabras, para designar un todo con el nombre de una de sus partes, o viceversa; un género con el de una especie, o al contrario; una cosa con el de la materia de que está formada, etc.

                Apropiada reflexión para soportar la inercia de un lunes más, aclaro para iniciar, y de allí  salto inmediatamente a la meditación de hoy: vivimos sin duda en un mundo simbólico en todos sus aspectos. Para poder transitar por él, desarrollamos diversos lenguajes para poder referirnos al mismo. El arte practica lo mismo y construye sus símbolos a través del tiempo y reiteración así da a entender su cometido. Así, hemos aprendido que música romántica (otra convención) y el foco que se desplaza de una pareja en la cama hacia la pared es un indicio del inicio de la relación sexual. El beso final de una película significa el amor consagrado de la pareja. Esto no es otra cosa que una figura sinecdóquica, tropo vertebrador de esta reflexión, pero no su (constante) aparición en la ficción, sino en nuestra realidad.
                ¿Usted toma mate sola, señora? Yo lo hago, y me encuentro invariablemente con la pregunta de cómo me atrevo a hacerlo. ¿Por qué? Porque es una bebida social. Despojarla de tal sería una transgresión extraña a ajenos. Lo mismo ocurre con el alcohol (sip, también tomo solo, me animo a confesar).  Esa convención absolutamente popularizada por los medios aparece entonces en piezas publicitarias, programas, etc. Haga el experimento en casa, señora: antes de que llegue su marido, creyendo que usted es una bebedora ocasional, ponga una botella de alguna bebida espirituosa en la mesa. Es probable que su reacción sea la de asumir que anduvo acompañada (tenga cuidado, no quiero generar rupturas). ¿Entendió la idea? Bueno, acaba de terminar el curso intensivo de puesta en escena for dummies, puesto que así funciona, por ejemplo, la escenografía del teatro: queremos dar a entender que nuestros protagonistas se encuentran en una sala de estar por lo que colocamos sillones, quizás una chimenea, elementos que hacen a un verosímil, algo digno de ser creíble y creído, pero no dejamos de estar en ningún momento en un teatro viendo como han montado una suerte living sobre las tablas, con una pared ausente que permite al espectador curioso espiar indiscretamente la escena. Efectivamente, se reemplaza el todo por la parte.
                Volví a mezclarme con la fantasía pero vuelvo a la realidad, a cuanta sinécdoque transita por nuestro día a día. ¿Cómo reconocemos a una pareja por la calle? Brazos en el hombro del otro, manos entrelazadas, besos apasionados. Al fin y al cabo, tenemos un mundo que nos insinúa cosas a partir de distintos signos que nos dan una idea de algo, en este caso, del amor, de la pareja, etc. Muy rico todo hasta ahora, pero, y he aquí el centro de la reflexión: si la sinécdoque comporta una parte como el todo y estamos expuestos constantemente a ella ¿resulta posible que nos confundamos ese aspecto por su totalidad? Absolutamente. Volvamos a los tórtolos, que tan ilustrativos son para este texto. El sexo es, entre otras cosas, una de las tantas manifestaciones de afecto convencionalizadas para una pareja. Está claro, también no es el amor en sí y sin embargo ¿no hemos visto o nos hemos hallado en aquella situación en que la carencia del acto con el ser amado hace temblar los pilares de la confianza en uno y en el otro? No niego, para este ejemplo, que la relación existe entre los elementos, pero al hacer notar la figura retórica expongo que el tipo de relaciones que establecemos con algunos gestos.
                Nuestra vida está plagada de gestos, desde expresiones faciales hasta normas de convivencia. El alzar la ceja (una sola para los talentosos) suele ser señal de sorpresa, por lo que los actores suelen utilizarlo en sus presentaciones para dar a entender ese sentimiento. Ahí vemos un gesto aislado que ilumina una idea, sugiere, da a entender, mas no es la idea. Como dijimos, con nueva transgresión hacia el arte pero de nuevo en lo cotidiano, nos hallamos muchas veces en la confusión de un gesto por lo que hay detrás. Nótese por caso al estudiante frustrado que “se sentó” horas y horas en la silla y por ello no comprende su bajo desempeño en el último examen. Piénsese también en una amistad venida a menos, donde uno de los integrantes insiste en recurrir a un plan que hasta hace poco había sido el único e ideal para ambos, como puede ser las visitas bolicheras de exclusivo objetivo lascivo, ahora renegadas por el otro amigo, recientemente emparejado. Caemos seguido en el vicio de la incomprensión de un cambio repentino de la conducta ajena, excusando desde ya alteraciones que puedan tener tintes malsanos, porque erramos en creer que una rutina con una persona es el vínculo. Sin duda hace a, pero no es más que una parte, y tal vez, una parte que no merezca sostenerse o que deba mutar si se espera el sostenimiento del lazo.
                En efecto, cerramos la línea de reflexión gestaltista de hoy con la inmortal cita: el todo es más que la suma de las partes. Establecí alguna vez que concibo al mundo como conjunto de relaciones (no hay con qué darle, tengo la camiseta de cientista social). Sobre esas relaciones montamos distintos gestos que dan cuenta de ellas y que no son más que la materialización de un mundo ideal, colmado de sentimientos, intelecciones, pensamientos (me levanté platónico, se ve) elementos que al fin y al cabo dan sentido a nuestra existencia. Pero este mundo es difícil de percibir sino desde estas manifestaciones materiales (en el sentido de que se ve, no que es un objeto) llamadas gestos. Al montarse sobre este mundo ideal tan difuso, confundimos constantemente sus manifestaciones con el mundo mismo. Sostenemos así conductas, vínculos y hasta doctrinas enteras con la falsa creencia de que los gestos son estas formas. Claramente el gesto es fundamental para nuestra vida, pero la inercia, la rutina, la incomprensión nos llevan a olvidarnos los valores relacionales de fondo, alienándonos de nuestra realidad. Amigos, parejas, familia, hobbies, trabajo, religión, todos se vuelven elementos grises sostenidos por normativismo y, en el supuesto caso de que su relación con nosotros puede producirnos un bienestar, perdemos su riqueza por la mera mímica de un deber ser, transformándonos en parodias de nosotros mismos. No temamos revisar nuestros gestos habituales, pues en su desentrañamiento puede haber mucho que aprender de nosotros mismos y así, darle el valor que merece a todo eso que alimenta nuestro día a día.  

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