Sinécdoque: Tropo que consiste en extender, restringir o alterar de algún modo la significación de las palabras, para designar un todo con el nombre de una de sus partes, o viceversa; un género con el de una especie, o al contrario; una cosa con el de la materia de que está formada, etc.
Apropiada reflexión para soportar la
inercia de un lunes más, aclaro para iniciar, y de allí salto inmediatamente a la meditación de hoy: vivimos sin duda en un mundo simbólico en
todos sus aspectos. Para poder transitar por él, desarrollamos diversos
lenguajes para poder referirnos al mismo. El arte practica lo mismo y construye
sus símbolos a través del tiempo y reiteración así da a entender su cometido.
Así, hemos aprendido que música romántica (otra convención) y el foco que se
desplaza de una pareja en la cama hacia la pared es un indicio del inicio de la
relación sexual. El beso final de una película significa el amor consagrado de
la pareja. Esto no es otra cosa que una figura
sinecdóquica, tropo vertebrador de esta reflexión, pero no su (constante) aparición en la ficción, sino en nuestra
realidad.
¿Usted toma mate sola, señora? Yo lo hago,
y me encuentro invariablemente con la pregunta de cómo me atrevo a hacerlo.
¿Por qué? Porque es una bebida social. Despojarla de tal sería una
transgresión extraña a ajenos. Lo mismo ocurre con el alcohol (sip, también
tomo solo, me animo a confesar). Esa convención absolutamente popularizada
por los medios aparece entonces en piezas publicitarias, programas, etc. Haga
el experimento en casa, señora: antes de que llegue su marido, creyendo que
usted es una bebedora ocasional, ponga una botella de alguna bebida espirituosa
en la mesa. Es probable que su reacción sea la de asumir que anduvo acompañada
(tenga cuidado, no quiero generar rupturas). ¿Entendió la idea? Bueno, acaba de
terminar el curso intensivo de puesta en
escena for dummies, puesto que así funciona, por ejemplo, la escenografía
del teatro: queremos dar a entender que nuestros protagonistas se
encuentran en una sala de estar por lo que colocamos sillones, quizás una
chimenea, elementos que hacen a un verosímil, algo digno de ser creíble y
creído, pero no dejamos de estar en ningún momento en un teatro viendo como han
montado una suerte living sobre las tablas, con una pared ausente que permite
al espectador curioso espiar indiscretamente la escena. Efectivamente, se reemplaza el todo por la parte.
Volví
a mezclarme con la fantasía pero vuelvo a la realidad, a cuanta sinécdoque transita por nuestro día a día. ¿Cómo reconocemos a una pareja por la
calle? Brazos en el hombro del otro, manos entrelazadas, besos apasionados. Al
fin y al cabo, tenemos un mundo que nos insinúa cosas a partir de distintos
signos que nos dan una idea de algo, en este caso, del amor, de la pareja,
etc. Muy rico todo hasta ahora, pero, y he aquí el centro de la reflexión: si la sinécdoque comporta una parte como el
todo y estamos expuestos constantemente a ella ¿resulta posible que nos
confundamos ese aspecto por su totalidad? Absolutamente. Volvamos a los
tórtolos, que tan ilustrativos son para este texto. El sexo es, entre otras cosas, una de las tantas manifestaciones de afecto
convencionalizadas para una pareja. Está claro, también no es el amor en sí y
sin embargo ¿no hemos visto o nos hemos hallado en aquella situación en que la
carencia del acto con el ser amado hace temblar los pilares de la confianza en
uno y en el otro? No niego, para este ejemplo, que la relación existe entre
los elementos, pero al hacer notar la
figura retórica expongo que el tipo de relaciones que establecemos con algunos
gestos.
Nuestra vida está plagada de gestos, desde
expresiones faciales hasta normas de convivencia. El alzar la ceja (una sola para los talentosos) suele ser señal de sorpresa, por lo que los
actores suelen utilizarlo en sus presentaciones para dar a entender ese
sentimiento. Ahí vemos un gesto aislado
que ilumina una idea, sugiere, da a entender, mas no es la idea. Como dijimos, con nueva
transgresión hacia el arte pero de nuevo en lo cotidiano, nos hallamos muchas veces en la confusión de un gesto por lo que hay
detrás. Nótese por caso al estudiante frustrado que “se sentó” horas y
horas en la silla y por ello no comprende su bajo desempeño en el último
examen. Piénsese también en una amistad venida a menos, donde uno de los
integrantes insiste en recurrir a un plan que hasta hace poco había sido el
único e ideal para ambos, como puede ser las visitas bolicheras de exclusivo
objetivo lascivo, ahora renegadas por el otro amigo, recientemente emparejado. Caemos seguido en el vicio de la
incomprensión de un cambio repentino de la conducta ajena, excusando desde ya
alteraciones que puedan tener tintes malsanos, porque erramos en creer que una
rutina con una persona es el vínculo. Sin
duda hace a, pero no es más que una parte, y tal vez, una parte que no merezca
sostenerse o que deba mutar si se espera el sostenimiento del lazo.
En
efecto, cerramos la línea de reflexión gestaltista de hoy con la inmortal cita: el
todo es más que la suma de las partes. Establecí alguna vez que concibo al mundo como conjunto de
relaciones (no hay con qué darle, tengo la camiseta de cientista social). Sobre esas relaciones montamos distintos gestos
que dan cuenta de ellas y que no son más que la materialización de un mundo
ideal, colmado de sentimientos, intelecciones, pensamientos (me levanté
platónico, se ve) elementos que al fin y
al cabo dan sentido a nuestra existencia. Pero este mundo es difícil de percibir sino desde estas
manifestaciones materiales (en el sentido de que se ve, no que es un
objeto) llamadas gestos. Al montarse
sobre este mundo ideal tan difuso, confundimos constantemente sus
manifestaciones con el mundo mismo. Sostenemos así conductas, vínculos y hasta
doctrinas enteras con la falsa creencia de que los gestos son estas formas.
Claramente el gesto es fundamental para nuestra vida, pero la inercia, la
rutina, la incomprensión nos llevan a olvidarnos los valores relacionales de
fondo, alienándonos de nuestra realidad. Amigos, parejas, familia, hobbies,
trabajo, religión, todos se vuelven elementos grises sostenidos por
normativismo y, en el supuesto caso de que su relación con nosotros puede
producirnos un bienestar, perdemos su riqueza por la mera mímica de un deber
ser, transformándonos en parodias de nosotros mismos. No temamos revisar
nuestros gestos habituales, pues en su desentrañamiento puede haber mucho que
aprender de nosotros mismos y así, darle el valor que merece a todo eso que
alimenta nuestro día a día.
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